Los Terribles
La secesión de Katanga.
Las colonias fueron largo tiempo el último refugio de los mercenarios.
En sus guerras sucias y poco populares el patriotismo no era un factor
importante y la muerte de extranjeros no inmutaba a nadie. Pero con el
fin del colonialismo - Argelia era una de sus últimas batallas -
desapareció también esta oportunidad de encontrar un trabajo.
Durante la guerra fría el mundo estaba dividido en dos bloques cuyos
grandes ejércitos se formaban de auténticos patriotas. Los
mercenarios eran algo perteneciente a tiempos lejanos, que ya no tenía
un lugar en el mundo moderno. Pero entonces llegaron esas extrañas
noticias sobre las luchas en el Congo, aún más raras porque
narraban historias de mercenarios blancos, descritos por un autor como
"genios diabólicos sacados de una anacrónica y desagradable
botella medieval".
Tras la aparición de las primeras revueltas después de
la declaración de indepencia del Congo, los belgas abandonaron rápidamente
el territorio. Bajo su dominio, ninguna fuerza política nacional
ni tampoco ningún movimiento de liberación organizado habían
podido desarrollarse, quedando como alternativas de poder tan sólo
el partido político dividido de Lumumba -designado primer ministro
en situación de urgencia-, algunos potentados locales, y los soldados
coloniales de la Force Publique. Mientras la Force Publique, renombrada
ANC (Armée Nationale Congolaise) se sumía en motines y saqueos,
los políticos en Leopoldville se peleaban por el poder, y en todo
el territorio las tribus recuperaban sus tradicionales confrontaciones;
la Unión Minera belga intentaba salvar sus prebendas más
importantes. Éstas yacían en el rico subsuelo de la provincia
de Katanga, al sur. Para ello, los belgas encontraron al socio adecuado
en Moise Tschombe, quien pocos años antes había fundado un
partido secesionista en Katanga.
Con la Union Minière cubriéndole las espaldas, Tschombe
declaró, poco tiempo después de la independencia del Congo,
la secesión de Katanga. Antes de su definitiva salida, los belgas
desarmaron a las unidades de la ANC en Katanga y dejaron a Tschombe dinero,
armamento y algunos instructores militares. No había nada más
que hacer. Pero los desórdenes en el Congo y la secesión
de Katanga invitaban a la ONU a una intervención. Ni los americanos,
ni los rusos, y ni siquiera los nuevos estados africanos deseaban una alteración
de las fronteras establecidas. Para todos estaba claro que el potencial
éxito de la independencia de Katanga generaría numerosas
guerras en todo África. Las tropas de la ONU, ensimismadas en sus
propias querellas y ocupadas principalmente con las revueltas en Leopoldville,
no preocupaban inicialmente a Tschombe. Por contra, le intranquilizaban
bastante más los Baluba, quienes en el norte de Katanga se habían
rebelado contra él con el apoyo de Lumumba. Para someter a los Baluba
y consolidar su poder, Tschombe necesitaba mercenarios profesionales que,
al contrario que los instructores dejados por los belgas, tomaran
parte activa en la lucha.
Los primeros mercenarios llegaron de aquellos países en los que
las actuales o recién terminadas guerras coloniales habían
dejado veteranos en paro: Bélgica, Inglaterra, Sudáfrica,
Rhodesia y la Algeria francesa. Su trabajo debían empezar con la
instrucción de los llamados "gendarmes de Katanga", reclutados entre
las tribus sometidas a Tschombe. Era un pequeño ejército
formado por algunos cientos de blancos y un par de miles de "gendarmes"
que, en cualquier caso, estaba muy por encima de las espadas y machetes
de los Balubas. Como en todas las guerras entre tribus en África,
los enfrentamientos se caracterizaron por la extremada crueldad de ambos
contendientes. Con sus tropas de choque, pequeñas, motorizadas y
muy bien armadas, los mercenarios extendieron rápidamente el miedo
y el terror entre sus enemigos, y los Balubas que no había sido
masacrados o subyugados, huyeron a miles hacia el norte. Estas "acciones
de liberación" acuñaron para los mercenarios el apodo de
"Les Affreux" (Los Terribles). La prensa internacional daba noticia de
sus atrocidades, al tiempo que los protagonistas convertían esta
prensa en su mejor arma, ya que a menudo su simple aparición provocaban
el pánico entre sus enemigos.
Mientras Tschombe afianzaba de este modo su lenta pero efectiva expansión
en el territorio, Lumumba reclamaba cada vez más vehementemente
la intervención de las Naciones Unidas en contra de los secesionistas.
Pero éstas no se animaban a participar militarmente y se limitaban
a firmar resoluciones en las que se requería la retirada de los
mercenarios extranjeros. Ya que el Congo sin Katanga no podía sobrevivir
económicamente y la ONU no parecía ofrecer ningún
apoyo efectivo, Lumumba se dirigió a los rusos. Con ello, consiguió
atraer la atención de la CIA quien rápidamente encontró
en el General de la ANC Mobutu el representante adecuado para sus intereses.
Con el apoyo de los americanos, Mobutu inició un golpe militar y
Lumumba, quien había buscado refugio en un cuartel de la ONU, fue
enviado a Katanga bajo circunstancias nunca aclaradas. Allí, claro,
los gendarmes de Tschombe se ocuparon aplicadamente de él.
Tras la muerte de su principal enemigo, Tschombe estaba en el punto
más álgido de su poder: en Bélgica y en Sudáfrica
fueron reclutados nuevos mercenarios a los que se incorporaron pequeños
grupos de paracaidistas de la Legión Extranjera, ya que precisamente
entonces -y a causa del fallido golpe de estado en Argelia- su 1.Regimiento
había sido disuelto. Se formaron nuevas unidades, otras fueros desmembradas;
y unos pocos mercenarios fueron hechos prisioneros por las tropas de la
ONU -que finalmente había decidido intervenir- y expulsados del
país. En esta situación de cambios continuos había,
sin embargo, entre los secesionistas tres formaciones que podían
ser reconocidas: los belgas, bajo la dirección de Jean ("Black Jack")
Schramme, quien antes de la independencia había sido granjero en
el Congo; los sudafricanos, con el irlandés Michael ("Mad Mike")
Hoare al mando, quien había adquirido experiencia en lucha en la
jungla como oficial colonial en Malasia; y el grupo de paracaidistas franceses
dirigidos por Bob Denard, un veterano de las guerras de Indochina y Algeria.
A ellos se les añadían algunos aviones pilotados por polacos
y sudafricanos.
Los polacos eran exiliados que, tras la II Guerra Mundial en la que
habían luchado para Inglaterra, no habían vuelto a Polonia,
"vendida" secretamente por Churchill a Stanlin. Habían llegado al
Congo agrupados bajo el liderazgo de un tal "Mister Brown" o "Kamikaze
Brown", quien algo más tenía en común con la
figura de la novela Lord Jim de Conrad que el simple nombre. En realidad
se llamaba Jean Zumbach y había nacido en Polonia de padre suizo
y madre polaca. En la II Guerra Mundial había sido piloto y había
huido, como tantos otros, a Inglaterra, donde voló para la Royal
Air Force. Terminada la Guerra, fundó una compañia privada
de transportes aéreos a la que se le sumaban los beneficios del
contrabando de diamantes, medicamentos, relojes suizos y divisas. Cuando
estos negocios dejaron de ser tan lucrativos, decidió asentarse
en París, donde abrió una discoteca y se puso a echar barriga.
Tras la declaración de secesión en Katanga, Brown "arregló"
unos cuantos aviones para Tschombe con sus respectivos mecánicos
y pilotos, entre los que se encontraba él mismo y algunos de sus
antiguos camaradas.
Aunque quizás nunca hubo más de 500 mercenarios blancos
al mismo tiempo en el Congo, estos pocos junto a los gendarmes de Katanga
que habían instruido, no tenían nada que temer del gobierno
central. Pero con el asesinato del "comunista" Lumumba, Tschombe había
dado un paso en falso. Ya que los Estados Unidos apoyaban al prooccidental
Mobutu, las tropas de la ONU cobraron finalmente ánimos para combatir
contra Katanga. Los primeros enfrentamientos fueron una clara y ofensiva
derrota para la ONU, mucho mejor equipada en hombres y armamentos que los
rebeldes. Sobre todo los contingentes suecos e irlandeses no fueron enemigo
a considerar para los ex-legionarios y los sudafricanos, bien entrenados
en la sucia guerra de maleza. Los suecos recibieron pronto la fama de no
atreverse a salir jamás de sus tanques, y una completa guarnición
irlandesa de 184 hombres capituló ante un solo mercenario blanco
acompañado de algunos gendarmes. "Los Terribles" coleccionaban cascos
azules como trofeos y la ONU se ejercitaba de nuevo en la ineficacia.
Esta situación cambió en diciembre de 1961, cuando la
poderosa aviación de las Naciones Unidas arrasó en un ataque
sorpresa a toda la fuerza aérea de Katanga. Y después, renunciando
a la intervención de tropas de tierra europeas, echó mano
de sus propios mercenarios. Los Gurkas indios asaltaron Elizabethville,
capital de Katanga, y tras largas e inútiles negociaciones, tomaron
en 1963 la ciudad minera de Kolwezi, último refugio de los secesionistas.
A pesar que los mercenarios y los gendarmes mostraron extremada dureza
en su resistencia, tuvieron que retirarse finalmente ante los profesionales
y rutinarios ataques de los Gurkas. La mayoría ya había abandonado
el barco que naufragaba, pero un núcleo duro de un centenar de mercenarios
y un par de miles de gendarmes se retiraron bajo el mando de Schramme hacia
Angola, entonces colonia portuguesa.
Las intervenciones de los mercenarios parecían acabarse aquí.
Pero también la ONU estaba agotada. Sus operaciones en el Congo
había costado billones, y habían demostrado públicamente
las divisiones internas en la organización y su incapacidad para
ofrecer una acción efectiva. Por su parte los americanos, a quienes
les había tocado la parte del león, habían logrado
su objetivo al instalar un gobierno por-occidental, al mando del presidente
Kasavubu y del General Mobutu. Tchombe se exilió a España,
parte de sus desacreditados gendarmes fueron absorbidos por la ANC y otros
pasaron a ganarse la vida como bandidos en la jungla. Los mercenarios habían
vuelto a Sudáfrica o a Europa, y otro grupo, comandado por Denard,
se dirigió al Yemen, donde se ocuparon en apoyar a los monárquicos
en sus enfrentamientos contra los republicanos y el ejército de
intervención egipcio. Schrame, como hemos comentado, conspiraba
en el norte de Angola a la espera de mejores tiempos junto a Tschombe,
con algunos incondicionales y un millar de gendarmes de Katanga. No tenían
que esperar tanto.
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