Soldados esclavos
la solución mejor y más cara.
Algunos historiadores ya han subrayado la íntima relación
entre mercenarios y soldados esclavos. Las formaciones más conocidas
son, con certeza, los mamelucos en Egipto y los jenízaros turcos,
pero también los omeyas en España y los fatimidios en África
conformaban sus guardias personales y tropas de élite con extranjeros,
por lo que compraban habitualmente esclavos nubios o europeos – estos últimos
conocidos como «saqaliba». Los esclavos ya servían como
soldados en los ejércitos del Profeta, pero se trataba de prisioneros
de guerra o de esclavos personales de algunos guerreros. Los soldados esclavos
se convirtieron en una institución permanente alrededor de 820 en
el califato de los abbasidas, que compraban esclavos en gran cantitad y
formaban con ellos un ejército permanente. Al mismo tiempo transladaron
su capital de Bagdad a Samara, donde los esclavos militares – se habla
de 70.000 hombres - vivían en barrios propios.
Al pensar en soldados esclavos no hay que pensar en esclavos comunes
y corrientes. Servían como soldados profesionales y por ello recibían
como éstos un pago regular. Al fin, eran mercenarios con un contrato
vitalicio, y al ser licenciados tampoco volvían a sus países
de origen. A pesar de que el uso de prisioneros de guerra, que eran realmente
esclavos, tenía una larga tradición en el Oriente – ya los
asirios llenaban así sus ejércitos - , los abbasidas empezaron
una práctica novedosa: compraban niños y les educaban durante
largos años como soldados de élite. La edad ideal era 12,
la máxima 17. Se les consideraba importantes que ya tenían
experiencia en el oficio de las armas de sus tribus y estaban acostumbrados
a una vida dura y rica en privaciones. Los turcos de Asia Central eran
los prototipos ideales. No solamente eran jinetes y arqueros excelentes,
sino también los autores árabes subrayan a menudo su resistencia,
su valor y su lealtad. A lo largo de su educación, que se extendía
entre 5 y 8 años, se les enseñaba en el islam, apredían
nuevas técnicas de combate y la disciplina de estar al servicio
de un ejército de un estado desarollado.
Pero lo más importante era el desarollo de una lealtad sin condiciones.
Arrebatados como adolescentes de su entorno familiar, aislados dentro en
una cultura extranjera, recibían una nueva identidad. El largo proceso
educativo también servía al fomento de la dependencia con
respecto de su señor. Como esclavos no solamente eran propiedad
de éste, sino que también pertenecían a su familia.
Y los califas sabían perfectamente cómo aumentar esta lealtad
con regalos y privilegios. Los soldados esclavos pertenecían
en el islam a la clase alta. Este sistema de esclavos privilegiados, educados
con grandes gastos, fué después importado por Egipto, España
y, al final, por los mismos turcos. Había diferencias, que en realidad
eran sólo variaciones. Así, en Maruecos y en España,
donde era difícil conseguir turcos, se compraban nubios de África
o eslavos de la Europa central. Al fin, el origen no era tan importante,
sino su juventud, su maleabilidad y su valentía y arrojo.
Los mamelucos, como fueron llamados habitualmente los soldados esclavos,
se convirtieron rápidamente en una parte integral del Islam y formaban
la espina dorsal de los ejércitos en la mayoría de sus estados,
o por lo menos las guardias de élite de los señores. No hay
relatos que dejen constancia de que estos esclavos hubieran luchado por
recuperar su libertad o que trataran de escapar para regresar a sus países
de orígen. En caso de rebelión, el motivo era esencialmente
el mantenimiento de posición y de los privilegios que de ella derivaban.
En ello tenían un comportamiento similar al de la guardia pretoriana
romana. También los califas abbasidas en Samara fueron, en pocas
generaciones, totalmente dependientes de sus guardias turcas, que llegaron
a decidir según su voluntad a quién colocaban como califa.
En Egipto los mamelucos hasta se hicieron con el poder en 1250, fundando
sus propias dinastías, y en Turquía los jenízaros
destronaron y proclamaron muchos sultanes.
Pero estos esclavos no sólo dominaban al estamento militar, sino
que también solían ocupar posiciones clave en la corte y
la administración. Los eunucos sobre todo eran los que conseguían
ocupar los rangos más altos. Los eunucos eran, en cierto modo, la
forma ideal del mameluco: como éstos, eran separados de sus vínculos
familiares, culturales y sociales, pero por encima de todo no podían
formar familias propias. Por eso, el nepotismo – uno de los problemas más
graves de toda corte – se reducía al máximo. Tenían
que transferir su lealtad a su señor o a al grupo. En su brutal
simplicidad, esta idea parecía tan genial que muchos soberanos hubieran
utilizado también eunucos en sus ejércitos si no fuera porque
se les consideraba malos guerreros – poco ‘masculinos’-, y además
eran demasiado caros ya que el índice de mortalidad a raíz
de las castraciones era bastante elevado. No obstante, se buscaba un compromiso
de manera que los hijos de mamelucos eran excluidos del servicio en estas
formaciones. Mientras duró el gobierno de los mamelucos en Egipto,
unos 500 años, esta norma se mantuvo con especial rigidez. En la
clase más elitista sólamente entraban aquellos que habían
sido comprados cmo esclavos, mientras que sus propios hijos formaban parte
del grueso de la población. También los jenízaros
turcos tenían reglas parecidas.
En este contexto, las cuestiones más interesantes son el por
qué se formaba estas unidades, y por qué se las encuentra
casi exclusivamente en el Islam (artículos específicos se
ocuparán de historias más detalladas) de algunos nos
vamos a ocupar en articulos especiales). Es sorprendente que los especialistas
en este tema se ocupen poco de estas preguntas, o den unas repuestas insuficientes.
Así, Patricia Crones menciona solamente de paso unos ejemplos en
otras sociedades, pero no explica una palabra sobre por qué el occidente
cristiano nunca utilizó cuerpos militares semejantes. Daniel Pipes
hace grandes esfuerzos para demostrar que después de la muerte del
Profeta muchos arabes se retiraban frustrados de la política activa,
y dejaban la lucha a otros. Sin embargo, según nuestra opinión,
los árabes demonstraron en las incontables guerras internas que
tenían pocos problemas para luchar entre sí. También
si les concedemos cierto escepticismo respecto de las actividades de gobierno,
parece que tenemos que buscar los motivos reales en otro lugar.
Para entender el problema, habría que detenerse en el hecho que
durante la Edad Media la gran mayoría de las guerras eran internas.
Casi cada rey europeo luchaba con frecuencia contra su nobleza rebelde,
aún contra sus propios hijos y hermanos, o a veces contra sus hermanas
o esposas. Ya los merovingios eran famosos por el entusiasmo con el que
se exterminaban el uno al otro. Los reyes normandos de Inglaterra luchaban
más contra sus barones rebeldes que contra Francia, y el gran Enrique
II debería, además, sofocar las graves rebeliones de sus
hijos. En el Imperio alemán, el conflicto entre güelfos y gibelinos
se extendió durante generaciones. Las guerras en la Edad Media tenían
sobre todo un carácter de guerras civiles, y por eso un soberano
tenía bastantes razones para utilizar esclavos y eunucos leales
para respaldar con ellos el poder central.
Realmente hubo algunos esfuerzos que iban por este camino. Ya bajo Carlomagno
y Ludovico Pío había bastantes quejas de la nobleza referentes
al hecho que antiguos esclavos hubieran llegado a ser consejeros del rey
o de los obispos. Sobre todo Carlomagno, que había perdido casi
por completo la confianza en su nobleza después de sus incontables
rebeliones, había nombrado unos esclavos como condes. En este tiempo
la palabra germanica «skalkr», que significaba «criado»,
se convirtió en «mareskalk», derivando en «mariscal»
para designar uno de los cargos más importantes en la corte. Estos
esclavos no fueron comprados para estas funciones, sino que normalmente
eran desde generaciones propiedad de la familia real, donde se ocupaban
de la adiministración de los latifundios. En todo caso estaban muy
vinculados a su señor y no tenían ninguna relación
con la nobleza local. No obstante, estos ejemplos eran solamente unos intentos
vacilantes que mostraban esencialmente la necesidad de servientes leales
que solucionaran el contínuo problema de las rebeliones de la nobleza.
A lo largo de las extensas guerras de sucesión entre Ludovico Pío
y sus hijos, las tierras de la corona carolingia fueron utilizadas para
comprar el apoyo de los nobles, de forma que quedaron tan disipadas que
en 880 casi no quedó nada del gran imperio.
Durante el siglo X los emperadores alemanes volvieron a intentar reestablecer
su poder y la hegemonía del territorio. Transfirieron a los obispos
nuevos derechos y privilegios, convirtiendo así a la iglesia en
el más importante apoyo de la corona. El argumento decisivo era
en estos casos, la vida en celibato – recordemos la forma de vida de los
eunucos – del clero, que debería impedir relaciones familiares demasiado
estrechas con la nobleza local, y la herencia de propiedades y cargos.
Militarmente, los emperadores promovieron a los «ministeriales»,
que ya no eran las levas carolingias formadas por sujetos libres, sino
por sirvientes y esclavos. Bajo la proteción de los emperadores,
estos «ministeriales» eran reclutados entre su propia servidumbre,
y ahora estaban en el mejor camino de convertirse en caballeros de la nueva
élite militar. El historiador Karl Bosl, uno de los mayores especialistas
en este tema, escribe que los reyes se apoyaban tanto en sus sirvientes
porque éstos «eran instrumentos dependientes de la voluntad
real, listo para cada servicio, y por eso solamente defendían los
intereses del estado y del rey». Más o menos se trata de las
mismas virtudes que los califas estimaban de sus mamelucos.
Así pues, los problemas que un soberano cristiano tenía
para consolidar su poder no eran muy diferentes de los que sus colegas
musulmanes sufrían. Y por eso todos trataron soluciones semejantes.
Sin embargo, aún queda una pregunta sin resolver : ¿Por qué
los reyes occidentales nunca formaron guardias de esclavos leales? La respuesta
es fácil: esta solución superaba sus escasos medios financieros.
El último período del declive del Imperio Romano está
caracterizado por una gran escasez de oro y plata. En la Baja Edad Media,
esta situación empeoró hasta el punto que ha llegado a hablarse
de una ausencia casi absoluta de dinero. A los soberanos les quedaba solamente
la posibilidad de pagar los servicios militares con tierra y privilegios.
Por el contrario, el islam se había apoderado mediante sus conquistas
de recursos de metales preciosos realmente importantes. La plata se explotaba
en el Hindu-Kush, en Túnez y España, pero sobre todo
llegaba oro del Sudán por las rutas del Sahara. Y fueron las monedas
árabes las más utilizadas en occidente para el comercio para
el comercio internacional. Si los monarcas europeos acuñaron monedas,
lo hicieron habitualmente por cuestiones representativas y tras haber fundido
monedas árabes o bizantinas.
Además de la mayor abundancia en oro y plata, el norte de África
y el Oriente disponían también de un sistema económico
bastante más desarrollado que el parte occidental del Imperio Romano,
devastado con secuelas más graves por las invasiones bárbaras.
De esta manera, Oriente no sólo estaba en condiciones de producir
objetos de lujo para la exportación, sino también de mantener
un sistema fiscal basado en la moneda. Se sabe que en el siglo X, y cuando
ya habían perdido el control del norte de África, los califas
de Bagdad disponían de un presupuesto de 14.5 millones de dinares.
Si un dinar pesaba 4.25 gramos de oro, el oro acumulado pesaba más
de 60 toneladas, la mitad de las cuales sirvió para el mantenimiento
del ejército. En España Abd al-Rahman III tenía, en
el año 921, ingresos de 20 millones de dinares (=85 toneladas de
oro). Y se supone que su sucesor al-Hakam II, dobló en 961 esa cantidad
hasta 40 millones. Con este dinero no solamente se podían pagar
una gran cantidad de mercenarios, también se podían permitir
el lujo de comprar niños e invertir durante años en su educación.
En el Imperio franco – como en muchas otras regiones económicamente
débiles– la exportación de esclavos era una de las pocas
posibilidades de obtener algunas divisas. En esta época Verdun se
convirtió en la manufactura de eunucos más importante de
Europa, con el objetivo de venderlos a al-Andalus.
Las comparaciones fiscales entre oriente y el occidente cristiano sólo
pueden establecerse en la Alta Edad Media, cuando en éste último
empezaba lentamente la explotación de oro y plata. Por ejemplo,
se estima que los ingresos del emperador Federico «Barbarroja»
en todo su Imperio al norte de los Alpes, sumaban 2.800 kilos de plata,
equivalentes a unos 240 kilos de oro! Sus beligerantes incursiones para
controlar el norte de Italia, respondían a la esperanda de obtener
de ese territorio unos ingresos aproximados de 10.000 kilos de plata. Pero
ni aún contando con esa cantidad era posible pagar a mercenarios
como los famosos brabanzones más que unos pocos meses. En Inglaterra,
donde el sistema fiscal estaba mucho mejor organizado, la corona aún
podía disponer, en 1130, de 23.000 kilos de plata. Por esta razón,
en este tiempo los reyes normandos eran los contratistas de mercenarios
más importantes. Aunque tampoco podían soñar con un
ejército o una guardia permanente. Las únicas tropas regulares
pagadas eran los de la escolta real -el «household»-, que oscilaba
normalmente entre 30 y 100 caballeros, pero que en períodos de crisis
podía aumentar a varios centenares de soldados.
En Italia, en el siglo XIII, un caballero recibía cinco onzas
de oro mensuales (=ca. 100 gramos). Así, para emperadores y reyes
era posible reclutar algunos miles de hombres, sobre todo cuando aprovechaban
sus oportunidades de obtener crédito. A pesar de ello, no podían
pagarles regularmente más que unos pocos meses. Además hay
que tener en cuenta los gastos provocados por la construción de
castillos y el mantenimiento de las guarniciones, la flota y la corte.
No obstante, la mayoría de los monarcas trataba de reforzar o reemplazar
sus levas de vasallos con mercenarios. A pesar de su elevado precio, al
menos éstos no exigían permanente nuevas tierras y privilegios,
estaban más tiempo disponibles para la guerra y demostraban en combate
que eran las mejores tropas. Cuando en 1197 Ricardo Corazón de León
preparó una nueva campaña en Francia, exigió en Inglaterra
no la leva forzosa de sus vasallos, sino el sueldo anual para pagar a 300
caballeros. Su mejor amigo y ayuda en este teimpo era Mercadier, el jefe
de los mercenarios.
Con la evolución de las sistemas fiscales en Europa tambien aumentaba
de forma constante el porcentaje de mercenarios entre las tropas. No obstante,
y hasta el siglo XVII, el mantenimiento de grandes ejércitos de
mercenarios hasta el siglo solamente era posible durante unos meses – normalmente
coincidiendo con las campañas de verano. Sólo cuando la economía
financiera, y con ésta los impuestos habían crecido y se
habían consolidado lo suficiente, los estados empezaron mantener
ejércitos permanentes de decenas de miles de hombres. Durante este
período absolutista, las condiciones de vida de los soldados se
acercaban mucho a la de los esclavos. Eran vendidos, regalados o alquilados.
La gran diferencia los mercenarios europeos y los soldados esclavos del
Islam era que los mercenarios eran remunerados y tratados tan miserablemente
que la deserción se convirtió en el problema más grave
de todo general. Al contrario, en Turquía y en Egipto las clases
altas hicieron todos los esfuerzos para obtener acceso a las privilegiados
tropas de guardias de esclavos: los jenízaros y los mamelucos.
Bibliografía:
Pipes, Daniel
Slave Soldiers in Islam: The Genesis of Military System
New Haven 1981
Crone, Patricia
Slaves on horses : the evolution of the Islamic polity
Cambridge 1980
Bosl, Karl
Frühformen der Gesellschaft
München Wien 1964
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