El arco largo inglés
Leyendas alrededor de una arma famosa.
Entre las hazañas más impresionantes de la historia militar
se cuentan sin duda las victorias que los ingleses consiguieron con sus
arqueros contra los caballeros franceses. En los inicios de la Guerra de
los Cien Años, el rey Eduardo III había contado con el refuerzo
de muchos nobles alemanes y sus mercenarios para su planeada invasión
del norte de Francia. Pero como los franceses no presentaban batalla y
los ingleses tampoco conseguían conquistar ninguna ciudad, el único
resultado de estas campañas era la simple devastación. Los
servicios de los caballeros alemanes le salían tan caros a Eduardo,
que éste tuvo que prescindir de ellos para reducir unos costes hasta
entonces ruinosos. Para la preparación de su incursión en
Normandía en 1346, Eduardo reclutó, junto a los caballeros
ingleses y gascones, a un gran número de arqueros, cuya enorme ventaja
era que resultaban muy económicos. Mediante constantes saqueos
– que probablemente tenían la función de completar el escaso
sueldo de la soldadesca-, los ingleses consiguieron atraer por fin la atención
de las tropas francesas pero, a la vista del impresionante ejército
que el rey de Francia había conseguido reunir, los ingleses prefirieron
retirarse con su botín a Flandes.
Perseguidos cada vez más de cerca por los franceses, y con la
marcha ralentizada por el peso del botín, Eduardo decidió
erigir una buena posición de defensa sobre una colina de Crécy
y se dispuso a esperar el ataque de sus perseguidores. Los caballeros franceses
estaban tan seguros de su victoria que no trataron de utilizar sus ballesteros
genoveses como hubiera sido lo razonable, ni intentaron posicionar sus
propias tropas. Atacaron nada más llegar al campo de batalla. Quince
o dieciséis intentos de ataque fueron rechazados por los arqueros
ingleses, con un resultado final de más de mil caballeros y nobles
franceses muertos sobre el campo de batalla, mientras los ingleses contaban
con bajas insignificantes. Cuando el ejército francés sufrió
en 1356 cerca de Poitiers una derrota aún más humillante
y años más tarde, en 1415, una nueva masacre en la batalla
de Agincourt, Inglaterra no estaba en posición de salir victoriosa
de la Guerra de los Cien Años, pero el mundo contaba con una leyenda
heroica más.
El arco largo inglés aviva actualmente la imaginación
de gente interesada por la historia. Aquí se mezclan imágenes
de Robin Hood junto con verdades a medias y anécdotas relatadas
una y otra vez. Se puede leer que un sólo arquero mataba en la batalla
a cientos de enemigos, cuando no miles. Los aficionados creen además
que las flechas podían penetrar no solamente cotas de malla, sino
también armaduras. Una de las historias más fatales y más
divulgadas fue puesta en circulación por el hijo de Napoleón
III cuando afirmó que un arquero podía hacer 12 lanzamientos
en un minuto a una distancia superior a 200 metros, fallando solamente
una vez su blanco. Un historiador -lógicamente inglés- se
aventuró en su entusiasmo a aseverar que también en el siglo
XVIII el arco largo hubiera podido ser decisivo en las batallas, y que
de haber contado con ellos, los arqueros ingleses habrían causado
un masacre entre sus adversarios en Waterloo. En su publicación
de la editorial Osprey sobre los arqueros, este autor compara la fuerza
y rapidez de las flechas con las balas del fusil Lee Enfield del inicio
del siglo XX.
Si, como resultado de tales habladurías, uno se pregunta por
qué se renunció a un arma tan milagrosa, se suele leer que
quizás pudo olvidarse la técnica, que faltaban los reclutas
o la madera adecuada. Otros buscan las razones en la ignorancia de los
generales, que no quisieron darse por enterados de que el arco largo era
muchísimo mejor que la lentitud de fuego del arcabuz que, como todo
el mundo sabe, además fallaba habitualmente el blanco. Naturalmente
siempre hay generales incapaces, pero en las guerras del renacimiento fue
probado casi todo lo que existía en nuevas armas y técnicas,
y aquellas que no evolucionaron con la suficiente rapidez desaparecieron
en su mayoría del escenario.
A pesar de ello, es indiscutible que el arco largo inglés era
una arma formidable y muy propia de los mercenarios. Después de
sus espectaculares resultados durante la guerra de los Cien Años,
otros poderes militares contrataron a los arqueros ingleses, por lo que
se les encuentra en muchas batallas en Europa hasta el siglo XVI. Así,
sigue siendo interesante ocuparse en detalle de la historia de esta arma.
El problema fundamental de los arqueros es que necesitan una larga experiencia
y mucha práctica. No se les puede entrenar rápidamente, por
lo que hay que buscarlos allí donde este arte bélico forma
parte de la cultura. Precisamente los pueblos sedentarios tenían
que reclutarlos entre sus vecinos seminómadas. Famosos son los arqueros
nubios en los ejércitos de los faraones. Entre los griegos encontramos
a los escitas y a los arqueros de Rhodos, donde esta habilidad era tradición.
También los romanos utilizaban a estos especialistas provenientes
de sus provincias orientales o a extranjeros.
En la literatura de la Edad Media encontramos múltiples menciones
al arco, y hasta se le puede ver representado en imágenes, pero
se lee muy poco sobre su uso en grandes batallas. Tuvo un papel clave en
la batalla de Hastings (1066), donde los normandos lo utilizaron para debilitar
el muro de escudos de los anglosajones que no podían romper con
su caballería. También fué decisivo en los ejércitos
del emperador Federico II, en manos de los sarracenos reclutados en Sicilia
y asentados en la colonia militar de Lucera. La razón de la estima
de Federico a sus sarracenos, sin embargo, no queda clara: ¿eran
sus habilidades como arqueros o su fiereza en la lucha contra el papado
lo que les hacía tan queridos?
Lo interesante es que, sin embargo, los arqueros no conseguían
establecerse como cuerpo militar permanente. Tanto los succesores de Guillermo
el Conquistador como los de Federico II renunciaban completamente al uso
de arqueros o preferían tomar a ballesteros en su lugar. La situación
era algo distinta en el este, donde Constantinopla había aprendido
estimar esta arma de sus adversarios en las guerras contra los turcos,
alintando arqueros a caballo de los Balcanes o a turcos. Durante las Cruzadas,
los europeos occidentales aprendieron que también necesitaban armas
de largo alcance para mantener a los jinetes enemigos a distancia. Ricardo
Corazón de León, el cruzado más famoso, volvió
de allí como acérrimo defensor de la ballesta.
La ballesta sacó gran provecho de las Cruzadas. Sus flechas tenían
más fuerza y, sobre todo, no necesitaba tanta práctica ni
habilidad como el arco largo. La ballesta se estableció como arma
propia de las milicias de las ciudades y de los marineros, y así
se encontraban fácilmente especialistas en los puertos de Catalunya,
el norte de Italia o Flandes. El reclutamiento de arqueros versados planteaba
más dificultades. No hubo en mucho tiempo una región específica
a donde dirigirse, aunque esta circunstancia cambió durante la conquista
de Gales (1278-1284) por los ingleses, cuando tuvieron que enfrentarse
a la popular versión galesa del arco largo. Quizás debiéramos
apuntar aquí que la participación de arqueros ingleses en
las Cruzadas es en gran parte pura fantasía, ya que aprendieron
esta técnica cuando las Cruzadas ya habían llegado a su fin.
Los galeses eran tenidos por bárbaros salvajes y se habían
defendido con éxito de los angolsajones y los normandos, con el
resultado que la población poco hecha al feudalismo aún no
había olvidado el manejo de sus armas tradicionales, como los habitantes
de las montañas suizas o de Aragón. Utilizaban el arco largo
para la caza- privilegio exclusivo de la nobleza en regiones feudales-,
y también en sus numerosas querellas internas en las que se utilizaba
como arma principal por no tener otra cosa a mano a causa de la pobreza
del pais. Con el tiempo los galeses habían aprendido a cortar el
arco de un tronco de tejo de tal manera que esta madera de corazón
muy duro y la albura flexible quedaban unidos, consiguiendo un efecto parecido
a los arcos modernos para los que se encolan capas de diversos materiales.
Cuando el rey Eduardo I inició la conquista de Gales, se vió
confrontado enseguida con una guerra de guerillas perversa. El terreno
montañoso y sus muchos bosques no eran adecuados para las cargas
de la caballería pesada y, sobre todo, los galeses no pensaban ni
de lejos en presentar batalla contra un ejército inglés mucho
mejor armado. Lo suyo eran los ataques de sorpresa, y si tenían
que enfrentarse de frente a fuerzas muy superiores solían retirarse
a las montañas y adentrarse en los bosques. Durante estas escaramuzas
utilizaban con gran eficacia el arco largo.
Después de las primeras derrotas el mismo Eduardo empezó
a reclutar galeses, lo que no le resultó dificil gracias a las numerosas
peleas entre los muchos clanes y familias. No obstante, parece que al inicio
Eduardo apreciaba más su familiaridad con el terreno y sus bajos
sueldos, ya que seguía utilizando aún a muchos ballesteros
mucho más caros que los galeses. Pero gracias a la experiencia acumulada
en muchos años de escaramuzas y sitios, los ingleses aprendieron
desplegar una combinación excelente de sus hombres de armas y arqueros
galeses. Esta táctica se demostró tan eficaz, que también
los ingleses empezaron a construir arcos largos y a entrenarse en su uso.
Tras la derrota y conquista de Gales, esta misma tierra se convirtió
en una provechosa fuente de arqueros para el ejército inglés.
Eduardo les puso en acción muy pronto, cuando en 1292 empezó
con el sometimiento de la Escocia rebelde. Los escoceses habían
aprendido, durante su rebelión, estrategias de defensa muy
efectivas contra las cargas de la caballería, organizándose
en grandes grupos de piqueros – llamados «schiltron» -. Bajo
el mando de William Wallace aún pudieron derrotar un ejército
inglés cruzando el rio Stirling. Tan sólo un año más
tarde, en Falkirk, los schiltrons escoseses fueron tan diezmados por los
arqueros galeses de Eduardo, que no resistieron el ataque de la caballería.
Este estrategia victoriosa se repitió en bastantes ocasiones hasta
el siglo XVI. No obstante, al examinar los grandes éxitos del arco
largo en las guerras de Gales y Escocia, no se debe olvidar que estos grupos
disponían de muy poca armadura. Algunos llevaban cotas de malla,
pero la gran mayoría no tenía más que escudos y túnicas
alcochadas.
De cualquier forma, el arco largo había probado su eficacia como
arma. Y aún más importante era la experiencia que los ingleses
habían adquirido a lo largo de estas guerras en lo que refiere a
la combinación de armas diferentes. No obstante, cuando empezó
la guerra de los Cien Años, Eduardo III buscó el apoyo de
caballeros mercenarios y recurrió solo en última instancia
a los arqueros cuando ya no pudo pagar los altos sueldos de los caballeros.
Con las espectaculares victorias de Crécy y de Poitiers, ésto
cambió y los arqueros pasaron a ser muy solicitados. Aunque el arco
inglés no era una arma milagrosa. Se sabe que sus flechas podían
penetrar cotas de malla en el siglo XIV. Pero con armaduras la cosa cambia.
Claro que también había aquí grandes diferencias de
calidad, y parece claro que un duque se protegía con algo mucho
mejor que el último escudero de su escolta, que debía contentarse
con los peores y más anticuados modelos de armadura. En un dibujo
de la batalla de Mühldorf (1322) se pueden ver claramente las distintas
armaduras, y también los cascos cónicos (barbute) que
dejaban la cara sin protección.
Si, como ocurrió en Crécy, grupos de unos cientos caballeros
atacaron constantemente una posición de 6.000 arqueros, que a su
vez disparaban 12 veces al minuto sin casi nunca fallar el blanco, ¿Cómo
pudieron estos caballeros penetrar en las líneas inglesas si las
flechas eran tan mortales?. En la batalla de Poitiers la mayor parte de
los franceses atacó a pie, y solamente dos grupos, cada uno
de entre 200 y 250 hombres bajo el mando de Clermont y Audrehem, formaban
la vanguardia de caballos acorazados. Los ingleses disponían de
2.000 arqueros y habían tomado posición detrás de
unos setos impenetrables para la caballería. Sin embargo, algunos
de los caballeros de Clermont consiguieron llegar hasta los setos, donde
fueron frenados en un camino estrecho por los hombres de armas ingleses
a pie. El otro grupo frances pasó por el ala izquierda de los ingleses.
Una crónica inglesa relata: «La caballería francesa
estaba bien protegida por placas de acero y gualdrapas de cuero, de modo
que las flechas o bien se rompían o bien rebotaban hacia el cielo,
cayendo tanto sobre amigos como enemigos.» Los arqueros solamente
tenían algun éxito cuando los franceses ya habían
pasado y podían disparar hacia los costados menos protegidos.
El historiador Jonathan Sumption, a quien estimamos como el mejor especialista
de esta materia, concluye: «El arco largo, la clave en la mayoría
de las victorias inglesas en el siglo XIV, tuvo (en Poitiers) un papel
relativamente menor. Los arqueros fueron bastante eficientes contra el
ataque inicial de la caballería francesa y durante la fase final,
cuando los franceses fueron arrojado colina abajo de Audley y del Captal
de Buch. Pero fueron mucho menos eficientes contra los hombres a pie que
contra los caballos.»
En la descripción de la batalla de Auray (1364) Sumption es todavía
más explícito: «A pesar de su gran número, los
arqueros ingleses aportaron casi nada al éxito de la batalla. Las
flechas nunca fueron tan eficientes contra los hombres a pie como contra
los jinetes, cuyos caballos no llevaban armadura y se asustaban fácilmente.
Los franceses también mejoraron poco a poco su manera de luchar
a pie y aprendieron protegerse mejor. Du Guesclin adelantó a sus
hombres bien acorazados en densas filas bajo un techo de escudos. Froissart
relata que los arqueros tiraban al suelo sus arcos, con los que no habían
conseguido nada, y se lanzaban al combate.»
La importancia significante de los arqueros era táctica. En una
unidad bien comandada, los arqueros forzaban al enemigo a renunciar a uno
de sus medios bélicos más importantes: la carga de la caballería
pesada. También a pie los caballeros, cada vez más acorazados,
perdían mucha de su movilidad – y más de uno murió
sin ninguna herida asfixiado a causa del calor en su armadura-. Ésta
era la ventaja de los arqueros cuando entraban en la lucha cuerpo a cuerpo,
donde tenían que enfrentarse a enemigos mucho mejor armados. Los
atacaban con espadas, navajas largas y martillos, en vez de disparar con
los arcos a corta distancia, lo que no hubiera representado ningún
problema con un fusil. Así, se puede suponer que los caballeros
en las armaduras estaban relativamente bien protegidos contra las flechas.
Existen algunos relatos en donde se cuenta de las ejecuciones de arqueros
que habían huido del enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Por todo ello
no corresponde atender a las exageraciones que pretenden hacer creer que
mataban a sus adversarios como a conejos. Disparar era tan sólo
una parte de su tarea, después tenían que estar dispuestos
a luchar y resistir como infantería ligera.
En gran parte, los arqueros ingleses también deben sus éxitos
a la arrongancia de la nobleza francesa, que prefería lanzarse de
inmediato sobre sus enemigos sin ninguna táctica o disciplina. Las
batallas de Nájera (1367) y Aljubarrota (1385) demostraban que los
castellano no lo hacían mejor. La sangrienta derrota de Nicópolis
contra los turcos durante la Cruzada en 1396 también fue causada
por la misma ignorancia. Para la nobleza no era fácil aceptar que
la guerra había alcanzado tal complejidad que requería la
colaboración entrenada de diversas armas. Cuando los franceses aprendieron
esta lección, consiguieron en Formigny en 1450 tan sólo con
dos cañones pequeños descolocar a los arqueros ingleses de
sus seguras posiciones y atropellarlos con la caballería. Las bajas
franceses se estiman entre 200 y 300 hombres, a pesar que enfrente tenían
unos 3.000 arqueros y 800 hombres de armas a pie.
Aunque la guerra de los Cien Años fué el escenario principal
para los arqueros ingleses, muchos de ellos buscaron su fortuna como mercenarios
en otros conflictos, sobre todo cuando sus contratos acababan en los períodos
de paz. En 1360, cuando Francia y Inglaterra pactaron una larga tregua,
grandes grupos de mercenarios sin empleo se dirigieron a Italia, donde
casi siempre encontraban una que otra guerra entre ciudades ricas. Pero
en Italia ya no tenían que enfrentarse a la ignorante caballería
francesa, sino a compañías de mercenarios profesionales.
Por ello fueron rápidamente derrotados por la compañía
“De la Estrella”. El cronista italiano Filippo Villani alaba de los ingleses
sobre todo sus armaduras pesadas, que habían traído de Francia
y que eran algo relativamente nuevo en Italia. Para asustar a sus enemigos,
los sirvientes tenían que dar brillo a estas armaduras, lo que les
valió el sobrenombre de «Compañía blanca».
En cambio, en su relato acerca de los famosos arqueros cuenta: «Se
experimentó que sus mejores asaltos los hacían de noche y
robando, y que resistieron en la batalla. Pero su éxito se debía
más a la cobardía de nuestra gente que a su propia bravura.»
También el poderoso duque de Borgoña Carlos el Temerario
reclutaba arqueros ingleses a miles para sus guerras. No obstante, sus
ejércitos fueron aplastados en Granson (1476) y Morat (1477) por
la infantería suiza sin ofrecer mucha resistencia. Nadie pretende
que un suizo tuviera mejor armadura que un caballero, pero a pie era mucho
más ágil. En la última batalla de la guerra de las
Dos Rosas cerca de Stoke (1487), unos 2.000 lansquenetes y suizos casi
consiguieron una victoria parecida contra fuerzas de arqueros y hombres
de armas bastantes superiores. Sin embargo, los ingleses todavía
gozaban del esplendor de sus grandes victorias, y estaban seguros que cada
uno de ellos valía como mínimo por 20 franceses. Cuando Enrique
VIII trató repetir sus fulgurantes victorias en su invasión
a Francia en 1544, tuvo que comprobar que sólo con sus legendarios
arqueros no podría conseguir nada, sino que debía reclutar
a miles de lansquenetes, arcabuceros españoles y mercenarios de
otros muchos países. Su hija Isabel I actuó en consecuencia
y, por decreto, excluyó al arco del reclutamiento. No obstante la
discusión sobre sus ventajas y desventajas continuó en Inglaterra
hasta el final del siglo. En 1590 un defensor del arcabuz escribió
que quizás las flechas asustaban más a los caballos, pero
que los hombres se asustaban de las balas.
© buscafortunas.com
Este texto fue traducido del alemán:
Wunderwaffe Langbogen
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