La rebelión del Mahdi
Bajás europeos en el Sudán.
La ocupación de África empezó tarde. Por entonces,
el continente era pobre comparado con Latinoamérica o Asia -su única
riqueza reconocida por Europa se limitaba a la trata de esclavos-; su población,
esencialmente guerrera; y su clima y enfermedades, mortales para los europeos.
Por todo ello, los poderes coloniales se habían limitado hasta entonces
a la edificación de unas cuantas fortificaciones en la costa, en
donde también podían adquirir esclavos de manos de los tratantes
nativos. La primera incursión tierra adentro llegó desde
Egipto, ya que era a lo largo del Nilo donde los Khedives (o virreyes)
intentaban ampliar su poder buscando esclavos para sus ejércitos,
como milenios antes lo hicieran los faraones.
En Egipto gobernaba Mehemet Alí, un aventurero albano que tras
la retirada de Napoleón se había hecho con el poder. Impresionado
por la potencia militar francesa, Mehemet Alí intentaba reformar
su ejército a manera de los europeos. Para ello, encontró
los mejores asistentes entre los veteranos napoleónicos que habían
quedado sin trabajo después de Waterloo. Egipto se vió pronto
inmerso en su incapacidad para satisfacer el hambre infinita de hombres
del ejército, una escasez a la que se sumaban las múltiples
deserciones e incluso automutilaciones de la población egipcia para
escapar del aborrecido servicio militar. Así, inmediatamente tras
la ocupación del Sudán en 1823, Egipto empezó a "reclutar"
esclavos negros. Se estima que en las décadas siguientes, unos dos
millones de sudáneses fueros reducidos a la esclavitud, con los
que los oficiales turcos formaron -bajo la dirección de sus instructores
franceses- el ejército más poderoso del Oriente, que sería
capaz de sofocar la rebelión griega en 1826 y que sometería
repetidamente a la misma Turquía.
Aún cuando Egipto, bajo la presión internacional, tuvo
que renunciar a sus ambiciones sobre Turquía, y a pesar de su cada
vez mayor dependencia de los ingleses, su expansión hacia el sur
progresaba. A la nubia Dongola -entre Assuan y Khartoum-, le siguieron
el reino de Darfur -que se extendía desde la franja sur del Sahara
hacia el oeste-, y la provincia de Ecuatoria, que llegaba hasta los lagos
centroafricanos. En el norte de este enorme territorio, los musulmanes
dongoleses se habían mezclado a lo largo del tiempo con tribus beduinas
y habían pasado a considerar el comercio de esclavos como un derecho
adquirido y, por tanto, asunto propio. Los secuestros se producían
entre las tribus animistas del sur del Sudán, en Ecuatoria y también
en las zonas centroafricanas más lejanas. Claro está que
la presión inglesa debería haber puesto fin a la trata de
esclavos, pero Egipto tenía otras prioridades: en primer lugar,
afianzar la colaboración con los poderosos tratantes de esclavos
para asegurar una pacífica administración de los territorios
ocupados y, en segundo lugar, procurar la supervivencia del propio ejército
necesitado del reclutamiento forzoso de sudáneses.
La supremacía de los jeques y tratantes de esclavos dongoleses
se sustentaba en los llamados "Basinger", esclavos negros adiestrados en
el uso de las armas. Por norma, profesaban absoluta lealtad a sus señores,
y tras algunas muestras de valentía en los campos de batalla, llegaban
incluso a poseer esclavos propios o a ascender, los mejores de ellos, a
suboficiales con propias tropas. Cuando su señor era derrotado,
el vencedor los incorporaba a su propio ejército sin problemas ya
que, mientras hubiera suficiente alimento y pudieran participar de los
botines, los Basinger seguían fielmente y sin quejas a sus cambiantes
señores. A menudo secuestrados siendo niños, se habían
convertido en auténticos soldados profesionales. No queda constancia
de si algún grupo de Basinger armado intentó abrirse camino
hasta su tierra natal, ya que para ellos la "patria" se había convertido
en aquel lugar en donde guerra y botín coincidían. Sin estos
profesionales apátridas, ningún tratante de esclavos se hubiera
arriesgado a adentrarse en África central; y tampoco los poderes
coloniales, aún a pesar de sus ametralladoras, habrían conseguido
avanzar hacia los territorios del interior. A pesar de su sumisión,
si estos grupos de Basinger eran maltratados por sus señores, mal
alimentados, sacrificados en enfrentamientos inútiles o se les negaba
el derecho al botín, las posibilidades de un motín aumentaban
geométricamente. Pero tampoco en este caso, y a pesar de la recuperada
libertad tras vencer a sus oficiales en cruentos enfrentamientos, mostraban
intención de disolverse y volver a sus tribus de origen, sino que
vagaban como hordas de saqueadores por todo el territorio o intentaban
fundar sus propios estados.
Los Basinger también fueron entregados por los jeques dongoleses
como pago de impuestos a Egipto y formaron parte del ejército que,
bajo las órdenes de los oficiales turcos y en alianza con la caballería
de los jeques, consiguió la rendición del Sudán. Sudán
fué el destino de "castigo" tanto de algunos funcionarios de la
administración egipcia como de muchos oficiales turcos. Los menguados
ingresos de estos representantes del gobierno egipcio alimentaron un ambiente
donde las intrigas, el despotismo, la corrupción y los abusos progresaban
a sus anchas, y en donde cada uno intentaba crear su propia red de
extorsión. El creciente malestar entre la población sudánesa
acicateaba la resistencia y el odio hacia sus ocupantes hasta el punto
que, para intentar mejorar la situación y ante todo para tratar
de dar fin al rasante aumento de la trata de esclavos, Egipto decidió
mandar europeos al Sudán. A los mercenarios franceses siguieron,
durante la década de los 60, muchos oficiales norteamericanos que,
tras el fin de la Guerra de Secesión, buscaban nuevos destinos.
Una de las figuras más destacadas fue el aventurero escocés
Charles George Gordon quien, al mando de tropas nativas, había dirigido
con éxito el fin del levantamiento de Taiping en China y que por
ello mereció el sobrenombre de "Chinese-Gordon". Gordon fué
nombrado en 1874 gobernador de Ecuatoria y después de todo el Sudán.
Como apoyo, tomó a su servicio norteamericanos y europeos de diversas
procedencias, de entre los que nombraría a sus "bajás" o
gobernadores de provincias independientes, algunas de las cuales eran tan
extensas como algunos países europeos. Gordon, el más fuerte
militarmente y mejor ublicado a "tan sólo" uno o dos meses de viaje
de la civilización, gobernaba la provincia central desde Khartoum.
En Darfur regía el bajá austríaco Slatin, en Bahr
el Gazal el bajá británico Lupton, y al sur, en Ecuatoria,
el alemán Eduard Schnitzer, quien había tomado el nombre
turco Emin. La provincia de Emin tenía una extensión de 360.000
km² (por hacer una comparación, la actual Alemania tiene 350.000km²),
y para su administración contaba con algunas docenas de oficiales
y funcionarios turcos, 500 dongoleses -en su mayoría ex-tratantes
de esclavos-, 400 africanos libres, y cerca de 1000 Basinger que le fueron
"entregados" como tributo. Con estas tropas, bajá Emin tenía
que fundar nuevos asentamientos, recaudar los impuestos, dominar rebeliones
y presionar a los tratantes de esclavos. Los impuestos que enviaba a El
Cairo consistían en marfil, plumas de avestruz, caucho y, aunque
parezca contradictorio, esclavos, ya que a pesar de la política
oficial, era normal pagar a los soldados con "servidores", e incluso los
gobernadores precisaban de ellos para mantener la capacidad ofensiva de
sus tropas. Así, en la lucha contra la trata de esclavos, se trataba
más de eliminar del negocio a los tratantes independientes dongoleses
y árabes, y traspasarlo bajo otras etiquetas a la organización
del estado egipcio.
La posición de los bajás en estas provincias remotas se
asemejaba más a la figura de un rey africano que a la de un administrador
moderno. En expediciones de castigo, estos "representantes de la civilización"
calcinaban aldeas completas, colgaban jefes de tribu y jeques y,
para estimular a sus propios mercenarios, permitían saqueos desproporcionados.
A lo largo este proceso aprendieron pronto que su fama era su arma más
poderosa: sólo con oir su nombre, los posibles rebeldes deberían
aterrorizarse y someterse a la obediencia y a la servidumbre. En este contexto
irrumpió en la escena la revolución de los Mahdistas, que
consiguirían dominar todo el Sudán y tomarían a estos
europeos como sus más emblemáticas víctimas.
En el Islam el Mahdi es el enviado de Dios, el que ha de vencer la injusticia
en el mundo. Y al igual que en Occidente aparecían uno u otro salvador,
también en el Islam surgía de vez en cuando algún
Mahdi. En 1881 un eremita dongolés acariciaba el ansiado título
de último profeta. Los funcionarios gubernamentales hicieron nimio
caso a las primeras voces que daban noticia de sus aspiraciones. Sólo
tras la masacre de la primera guardia de soldados enviados a detenerle
y poco después una mayor tropa fué enteramente eliminada,
el gobierno intentó reaccionar. Pero entonces era ya demasiado tarde.
Turcos y egipcios eran odiados profusamente por la población a causa
de sus desmanes en la explotación de los recursos y en los contínuos
saqueos, y muchos de los jeques habían tenido que asumir enormes
pérdidas al serles retirados los derechos a la venta de esclavos.
A ello se le añadía las antiguas y permanentes contiendas
entre las distintas tribus, las más poderosas de las cuales no conseguían
imponerse bajo el gobierno de los egipcios. Ahora, los olvidados y los
desplazados esperaban poder ajustar viejas cuentas bajo la guía
del Mahdi. Otros vieron en él la posibilidad de saciar sus ansias
de saqueo, y algunos simplemente esperaban a ver cuál era el contendiente
más poderoso para incorporarse a sus filas. Pero por encima de todo
ello, el movimiento tomó de la religión una dinámica
imparable. En la esperanza de entrar directamente en el paraíso,
los fanáticos derviches del Mahdi se arrojaban a la lucha sin considerar
posibles pérdidas.
A pesar de algunas -pocas- derrotas, las tropas de Mahdi avanzaban triunfantes
al sur del Sudán, reforzadas constantemente por dongoleses rebeldes,
por algunos árabes y por desertores del ejército egipcio.
Mientras algunas pequeñas guarniciones se rendían sin oposición
y quedaban incorporadas al ejército mahdista, otras eran arrolladas
por los derviches en misiones suicidas. A principios de 1883, y tras la
caída de El-Obheid, el Mahdi se hizo con el poder de Kordofan dividiendo
definitivamente a las provincias del sur. Slatin se mantenía aún
en Darfur, Lupton en Bahr el-Ghasal, y Emin en Ecuatoria. El mayor peso
de la lucha contra los Mahdistas fué llevado por Slatin y Lupton.
Tras perder a sus mejores hombres en los enfrentamientos con sus tribus
aliadas, ahora alzadas en rebeldía, y tras contemplar como su munición
se reducía alarmantemente, ambos gobernadores se acuartelaron en
sus mejores fortalezas. Era una contienda perdida. A la extremada situación
se añadían otros dos factores: la ruptura de las alianzas
con tribus hasta entonces proegipcias y que cada vez en mayor número
se afiliaban con los mahdistas; y las conspiraciones de los propios oficiales
con los enemigos. Slatin intentó, con su conversión al Islam,
una última e inútil estrategia para elevar la moral de su
ejército.
Pero para mantener el Sudán se necesitaba un refuerzo mayor.
A pesar de los intentos por hacer llegar nuevas tropas de refresco, el
exterminio de una expedición especial enviada bajo las órdenen
del inglés Hick desvaneció las últimas esperanzas
de salvar el Sudán. Para evitar un mayor derramamiento de sangre,
Slatin se entregó sin resistencia. Poco antes, Lupton, abandonado
por sus propios soldados, había capitulado. Sólo Emin en
la lejana Ecuatoria fue temporalmente "perdonado", ya que el Mahdi tenía
planes más ambiciosos: dirigirse con sus tropas hacia Khartoum,
defendida aún por bajá Gordon. Tampoco él pudo ofrecer
mayor resistencia: con escasos hombres y menos munición, Gordon
sólo podía esperar lo peor. Tras 10 largos meses de sitio,
el ejército mahdista entraba en la ciudad para acabar con los extenuados
defensores: Khartoum se sumió en un inmenso baño de sangre
y Gordon cayó muerto en las escaleras del palacio del gobernador.
Lupton y Slatin permanecieron prisioneros como esclavos en Khartoum,
Slatin bajo el servicio personal del Mahdi. Tras la muerte de este último
en 1885, pasó a manos de su sucesor que bajo el título de
Califa -el sucesor- gobernaba el Sudán. Aprovechando su cercanía
al Califa, Slatin intercedió a favor de Lupton, quien había
sido oficial de la Marina, para conseguirle un puesto como ingeniero en
el servicio de los barcos de vapor de los mahdistas. Pero él mismo,
como musulmán convertido, tenía que mantenerse alejado de
los otros europeos. Slatin se convirtió en el objeto de prestigio
del Califa a quien le gustaba cabalgar acompañado por el antiguo
bajá, quien debía correr descalzo junto a su caballo; o encargarle
pequeños servicios de mensajero. El Califa disfrutaba especialmente
destinándole a dirigir los rezos matinales, él, el antiguo
cristiano de exótico y divertido acento austríaco. A pesar
de todo, Slatin había mejorado su situación: de prisionero
encadenado, había pasado a ser un miembro de pleno derecho en la
corte del Califa, con esclavos propios. Poseía casa en Khartoum
con mujeres, niños y servidores, y cuando realizaba un servicio
al gusto del Califa, éste le enviaba nuevas esclavas para su distracción.
Lupton murió entre penurias al cabo de algunos años, mientras
Slatin, tras once años de cautiverio, consiguió huir con
vida con la ayuda del servicio secreto británico.
A pesar que los ataques de los mahdistas contra Egipto, Etiopía
y el Congo fueron rechazados con éxito, la pérdida del Sudán
por parte de Egipto -que en este tiempo había pasado a ser protectorado
británico- fue una auténtica catástrofe para todos
los imperios coloniales. Por primera vez, no sólo eran derrotadas
tropas nativas equipadas con armamento y oficiales europeos, sino que la
revolución había conseguido quitarle al poder colonial una
considerable extensión de territorio. Para mayor ofensa, la cabeza
del legendario bajá Gordon había sido paseada por las calles
de Khartoum. Y el camino desde el Nilo hacia el interior de África
quedaba definitivamente cortado.
© buscafortunas.com
|
|
|