La Guerra Carlista
Gloria y derrota de la Legión Extranjera.
Tras las guerras napoleónicas, los grandes poderes europeos no
querían arriesgar otro gran conflicto. Así, cuando en 1834
comenzó la primera guerra carlista, la mayoría permaneció
oficialmente al margen aún manteniendo sus preferencias. La guerra
carlista estalló aparentemente por la sucesión al trono,
pero su causa más relevante se encuentra en el largo enfrentamiento
entre las fuerzas liberales y las tradicionalistas, latente desde la revolución
francesa y que estaba alimentado por el inevitable proceso de la modernización.
Un cambio de la ley sálica española, que permitía
solamente el acceso a trono de los varones, permitió que la corona
recayera en la recién nacida Isabel II, para la que su madre María
Cristina ejercitaba la regencia. A su lado se agruparon los liberales,
pero también grandes partes de la alta nobleza y el ejército.
Al otro lado estaba el pretendiente don Carlos, hermano del rey fallecido
Fernando VII, que tenía el apoyo de una gran parte de la pequeña
nobleza, del clero, la vieja burocracia y, sobre todo, de los campesinos
secesionistas en las regiones montañosas del País Vasco,
Navarra y Aragón, que temían el centralismo de un gobierno
liberal. Ambos bandos estaban debilitados por el nepotismo, la corrupción,
celosos fanáticos y militares incompetentes. Zumalacárregui
y otras pocas excepciones no cambiaban mucho esta situación.
A pesar de su postura oficialmente neutral, era inevitable que el resto
de Europa -siempre al borde de amenazantes revoluciones liberales- tomara
parte en los sucesos en España. Naturalmente, se discutía
con mucha entusiasmo el derecho de los pretendientes, se hablaba de "la
libertad", de los "valores eternos". Pero detrás de esta fachada
se escondían intereses muy reales. Todos buscaban mercados para
sus productos, posibilidades de inversión, influencia o aliados
posibles para una guerra en el futuro. Por eso los carlistas estaban apoyados
por los poderes ultraconservadores de la Santa Alianza – Rusia, Prusia
y Austria -, por Cerdeña, Holanda y Nápoles, que enviaban
dinero, armas y voluntarios. Sin llegar a ser numerosos, entre estos voluntarios
se encontraban algunos nobles tradicionalistas, inmersos en una cruzada
contra el odiado liberalismo, y también oficiales regulares, a quienes
los tiempos de paz les sumían en un tedioso acuartelamiento con
pocas posibilidades de promoción y que se lanzaban a la busca de
aventura y fortuna.
La situación era muy distinta en el bando de los cristinos, quienes
recibían de sus protectores - Inglaterra, Francia y Portugal - no
solamente dinero y armas sino también ayuda masiva en tropas. Pero
para no arriesgar su propio cuerpo militar en una guerra con la Santa Alianza,
se limitaron al reclutamiento de mercenarios declarándoles oficialmente
voluntarios y enviándoles en apoyo de la regente. La Legión
Inglesa, que estaba compuesta en su mayor parte por irlandeses que habían
huido de las hambrunas en Irlanda, adquirió muy mala fama por sus
continuos saqueos y sus deserciones. Francia por su parte se quitaba de
encima la Legión Extranjera, que tras su formación en 1832
se había destacado en Argelia sobre todo por sus borracheras y peleas
en masa. Por eso la Legión Extranjera francesa no fue solamente
prestado a España, sino entregada permanente. Los oficiales franceses
podían retirarse o quedar en reserva a medio pago. En contraste,
a los soldados rasos no les preguntaban, sino que eran vendidos como manda
la tradición.
Hay muchos escritos acerca de la hazañas de la Legión
en España. Algunos autores no omiten ningún esfuerzo para
glorificarlos en sus relatos de epopeyas heroicas. Un cuadro muy distinto
ofrecen autores como el historiador Douglas Porch o las memorias de algunos
combatientes en las que, a pesar de todos los cambios históricos,
se encuentran muchas constantes que recuerdan a tiempos más remotos
Tras el desembarco de la Legión Extranjera en Tarragona en agosto
de 1835, su comandante -el coronel Bernelle- eliminó la composición
originaria de la formación nacional de los batallones. Estas distinciones
habían sido demasiadas veces la causa de grandes peleas. Además,
el reemplazo irregular tampoco hacía viable el mantenimiento de
esa estructura.
La Legión entró en combate contra los carlistas en Navarra
y Aragón. Era una guerra sin cuartel, ejercitada por ambos bandos
con una extrema crueldad y con pocos prisioneros. Tras la ejecución
por parte de la Legión de una cincuentena de prisioneros carlistas,
el bando carlista dio la orden de fusilar a todo extranjero que cayera
en sus manos. Inmediatamente los legionarios adoptaron también esa
práctica despiadada. Y ya que la población era en su mayoría
carlista, estalló también en la retaguardia una sanguinaria
guerra de guerrilla: legionarios fueron asesinados y mutilados, campesinos
fueros brutalmente torturados y pueblos enteros y campos ardían
por doquier.
Pero ante todo los legionarios se dedicaban a las pasiones más
tradicionales de los mercenarios: el pillaje y la borrachera. Aunque en
principio en la entrada en ciudades abandonadas estaba prohibido el saqueo,
un sargento llamado Gottlieb relata en sus memorias "que, en estas circunstancias,
significaba algo así como: no lo exageréis". Este sargento
da testimonio de escenas que le recordaban a los "lansquenetes de la edad
media". No solamente se comía y bebía en exceso, también
se destruía y arrasaba todo aquello que no podían cargar.
En un pueblo un grupo asaba un buey con un fuego gigantesco alimentado
por muebles preciosos, otros hacían otro tanto, cociendo un cerdo
con ejemplares incunables de la biblioteca. Por algunas calles corría
el vino derramado y hasta un legionario murió ahogado en una bodega
inundada. Con objetos de valor, si no eran de oro o plata, los legionarios
no podían empezar demasiado. Así, los ropajes de seda de
una virgen fueron convertidos en pañales por una "vivandera de la
compañía, una provenzal guapa, a quien Dios hace unas semanas
había regalado un pequeño soldadito". Ningún oficial
se dejaba ver, se habían retirado a las mejores casas para hacer
en ellas lo mismo sin intromisiones.
Cuando se suavizaban las normas, los legionarios se convertían
inmediatamente en una soldadesca terrible. Para ellos el alcohol era el
ombligo del mundo. La mayor alabanza a un nuevo lugar era que el vino era
bueno y barato. Y como mejores compañeros de borracheras apreciaban
a los muleros, que aguantaban más incluso que los propios legionarios.
Todo botín era invertido en vino e inmediatamente consumido. Un
oficial alemán relata como, una hora después de repartir
la paga semanal, casi todos los legionarios quedaban tumbados en las calles
desmayados por las borracheras. Naturalmente, después quedaban totalmente
en quiebra hasta la siguiente semana cuando empezaba la próxima
bacanal. Nos deja esta conclusión: "el mercenario no puede soportar
el dinero en la bolsa, le pesa y le quema hasta que todo está despilfarrado."
Mucho de lo que las reformas militares habían dejado atrás,
se abrió camino otra vez en esta guerra cruel y caótica.
Pero en algo sí se distinguía la Legión de otros cuerpos
militares semejantes: era sin duda un cuerpo de elite. En las ofensivas
del ejército cristino formaban la vanguardia y en las retiradas
la retaguardia. En más de una ocasión habían salvado
la situación con sus salvajes cargas a la bayoneta o sus acérrimas
defensas en circunstancias desesperadas. No se asemejaban al indómito
patriotismo de los vascos ni al idealismo de los voluntarios europeos.
Los legionarios eran veteranos forjados en Argelia, estaban acostumbrados
a fatigas y mantenían el orden en el combate. Y otro factor determinante
era la confianza ciega en sus sargentos y oficiales. La experiencia y las
estructuras de mando contrastadas, marcaban la diferencia entre la Legión
Extranjera y otras unidades recién reclutadas en las calles de Londres
y Paris.
A pesar de ello, por desgracia tampoco aquí todo iba bien. Muchos
oficiales, que habían recibido sus mandos por sus fantochadas o
porque alguien les protegía, destacaban por su negligencia, arrogancia
y corrupción. Gottlieb se queja a menudo de estos "desgraciados
lamentables". Una excepción -a medida de los legionarios- era un
tal capitán alemán Johann Albrecht Hebich. Éste había
luchado como oficial en la caballería de Napoleón, después
su inquietud le había llevado a la guerra en Grecia, y al final
se alistó en la Legión. Era violento, bebedor, tozudo y perezoso,
pero terrible en combate. Llevaba cicatrices de numerosas batallas y duelos,
apenas hablaba francés, y tenía la "veneración absoluta
de los soldados". En una ocasión, la retirada de su compañía
quedó cortada y fueron atacados por fuerzas superiores. A pesar
de las numerosas bajas, los legionarios rechazaban una carga tras otra
bajo su mando. Cada vez caían más legionarios, y cuando Gottlieb
le avisó la muerte de un alférez, Hebich le contestó:
"majadero, aquí no muere nadie, sólo se ha ido a la vanguardia
para reservarnos un cuartel". Esta respuesta hizo las delicias de
los legionarios, que entendieron un lenguaje que les embraveció
en la defensa hasta la llegada de los refuerzos.
Esta estrecha relación entre los legionarios y sus oficiales
queda ilustrada de forma muy obvia en las figuras de sus dos comandantes
Bernelle y Conrad. El coronel Bernelle, el primero que ostentó el
mando, era sin duda un oficial valiente pero los soldados le aborrecían.
Sus inútiles inspecciones y sus continuos insultos, lastraba el
ya de por sí duro servicio de sus subordinados. Colocó como
oficiales a su parentela recién llegada de Francia y se enriquecía
con los abastos, al viejo modo de los coroneles del XVII. Su nepotismo
y ostentación se vieron reforzados por la actitud de su mujer, que
en cada guarnición organizaba una gran corte mientras los legionarios
pasaban hambre o se veían obligados a dar lustre a sus gastados
uniformes para desfilar en paradas militares. La causa de esta rabia contenida
era el premio de 25 francos que la regente María Cristina había
ofrecido y pagado al inicio de la campaña por cada legionario. Bernelle
había retenido este dinero con el argumento, por otro lado comprensible,
de que quería evitar una bacanal en Tarragona. Siempre que los legionarios
habían gastado sus pagas, el tema de los legendarios 25 francos
salía a discusión, calculándose cuántas borracheras
más podrían pagar con esa cantidad.
En el curso de la campaña, Bernelle y su mujer admiraron la vistosidad
de los uniformes del cuerpo de caballería de otras unidades,
y Bernelle acuñaba la idea de formar una tropa de lanceros en la
Legión. Cuando el gobierno español se negó pagar los
gastos, utilizó sin dilación los premios retenidos declarando
que los legionarios hubieran renunciado de ellos de buena voluntad. Para
dar a las paradas tan queridas por la señora Bernelle la pompa adecuada,
también se adquirieron uniformes de lanceros y todo ello se costeó
con el dinero de los legionarios. Gottlieb escribe que la caballería
era solamente un "juguete para la vanidad de Bernelle y su dama". Que éste
y algunos pocos oficiales obtenían suculentos beneficios en la compra
de caballos y equipo se sobreentiende.
De carácter opuesto era Coronel Conrad, que primero tenía
el mando de un batallón y después reemplazó a Bernelle
tras su destitución por prevaricación y fraude. Como viejo
veterano de las guerras napoleónicas, su dignidad no se veía
mermada por el hecho de compartir la bebida con sus legionarios. Durante
las marchas animaba a los alemanes en su dialecto alsaciano y en las batallas
siempre estaba al frente con sus legionarios. Era uno de estos antiguos
coroneles, más patriarca que oficial, a quien los soldados llaman
"padre" y para los cuales hubieran marchado entre las llamas.
No obstante esto no era suficiente. La Legión se fue desgastando
en las grandes ofensivas y en la guerrilla en las montañas. Marchaban
con lluvia y nieve en los Pirineos, cayeron en emboscadas y combatieron
duro en la toma de colinas. Un legionario relata con resquemor una marcha
bajo una lluvia permanente y con un frío terrible. La lluvia se
convirtió en nieve y por la noche, los uniformes se congelaban sobre
los cuerpos. Agotados, pasaban la noche apretujados el uno al otro en barrizales.
Algunos no se levantaron jamás, y otros muchos cayeron enfermos.
Los batallones se reducían y, a pesar de la llegada de refuerzos
desde Francia, Conrad tuvo que reducir su número de los seis originales
a tres. Junto a la capacidad militar, también el interés
que tenían los cristinos en la Legión disminuía. Cada
vez se retrasaba más el pago de los salarios y el reparto de los
víveres. Los legionarios llevaban harapos, pasaban frío y
hambre, y tenían que renunciar a su borrachera semanal. Cada vez
más, cundía el desánimo y se sentían vendidos
y traicionados. Tampoco las buenas palabras de su querido padre Conrad
pudo levantar la moral. A pesar que intentaban compensar con saqueos la
escasez monetaria y alimenticia, la región ya estaba lo bastante
devastada y abandonada como para ofrecer grandes botines.
Mientras la miseria de la soldadesca crecía, los campesinos distribuían
clandestinamente octavillas carlistas en las que se prometía a cada
desertor un pago regular y buena comida. Y, ¿Qué se puede
esperar de los mercenarios en tales situaciones? Lo mismo que siempre hicieron:
se pasaron al bando enemigo! Algunos "historiadores" militares tienen otra
opinión. Un tal George Blond escribe: "Aquí se manifiestó
un fenómeno que no es explicable con la leyes del materialismo histórico:
ningún legionario desertaba al enemigo." Otro "historiador" anunció:
"pasaban más hambre, pero ningún legionario iba por allí
donde les había prometido dinero y cazuelas llenas". Estas afirmaciones
son falsas y responden a un culto al heroísmo que de ninguna
manera corresponde a los legionarios. La deserción entre ellos estaba
a la orden del día, justamente hacia allí donde les habían
prometido dinero y cazuelas llenas. Si tomamos en cuenta que al inicio
de la campaña ya se habían registrado algunos abandonos,
le restamos las bajas, y constatamos que la mitad de la Legión desertó,
el resultado es que en la fase final de esta guerra el abandono de sus
filas fue masivo. Ya tras el desembarco en Tarragona hay constancia de
los primeros desertores, que Bernelle hizo fusilar como medida de intimidación.
Pero con el tiempo su frustración y rabia aumentó, y también
la tendencia a la desbandada. Olvidados y sin paga en los Pirineos, la
deserción se había convertido en un fenómeno general
y Gottlieb relata que abandonaban "a montones". Finalmente fue necesario
colocar a sargentos en todos los puestos avanzados, pero también
de estos desaparecían algunos.
Al final, los carlistas acogían tantos renegados en sus filas
que pudieron formar con ellos su propia legión. Les llamaban los
"argelinos", porque la unidad se componía en grandes partes de ex-legionarios
de Argelia. Un oficial prusiano, que se había alistado en busca
de aventuras en el bando carlista, tomó parte en la formación
de esta legión y relata algunos detalles. La mayoría de los
desertores venían medio desnudos y sin zapatos. Ya que normalmente
canjeaban sus pagas al instante en alcohol, tenían que vestirse
con ropa de campesinos y partes de los uniformes de los caídos,
ofreciendo un aspecto bastante miserable. Solamente unos pocos tenían
mantas o capotes y casi todos llevaban las típicas alpargatas. El
oficial prusiano les describe con cierta repugnancia como una "abigarrada
cuadrilla de salteadores [..], que tenían como único aglutinante
la tendencia común a robar y atracar y la ejecución de todos
los excesos imaginables." Para los oficiales era un duro trabajo mantener
un orden rudimentario en esta "horda". En la batalla luchaban valientemente
porque siempre esperaban un buen botín, pero la propia población
les temía tanto como el enemigo. Normalmente sus crímenes
eran ignorados para que no poner en peligro su efectivo de combate. Para
los oficiales las diarias escaramuzas eran un alivio, "porque el desenfreno
de los soldados aumentaba día a día y solamente frente al
enemigo esta horda era utilizable."
En junio 1837 ambas legiones se enfrentaron en la batalla de Barbastro.
La francesa, de la que mientras tan sólo quedaba un único
batallón debilitado, cubrió el ala izquierda del ejército
cristino. Cuando avanzaban por un olivar oían de improviso maldiciones
en alemán y polaco, reconociendo caras familiares. "Era el cuerpo
de nuestros desertores, los argelinos, atacándonos ferozmente. Este
esqueje desgraciado de nuestra gloriosa división estaba ahora más
fuerte que el tronco," dice Gottlieb. Los argelinos exhortaban a sus antiguos
camaradas a cambiar de bando, pero éstos contestaban con maldiciones.
Después intercambiaban algunos disparos hasta que empezaban con
la lucha cuerpo a cuerpo, golpeándose con las culatas de los fusiles,
las bayonetas y con sus propios manos. La matanza duró horas y recuerda,
en su atrocidad, a las cruentas batallas entre suizos y lansquenetes. Un
oficial, veterano de muchas batallas, que era testigo de este encuentro
escribe profundamente conmovido: "Nunca en mi agitada vida militar, nunca
antes y nunca después, presencié con mis ojos una carnicería
tan sangrienta como ésta. Los soldados se reconocían en el
combate, se acercaban como amigos, hablaban y se preguntaban y después
se mataban a tiros a sangre fría."
Conrad cayó al frente a sus hombres, y la batalla se perdió.
En la revista del día siguiente la Legión contaba con 381
soldados. Este era el lamentable resto de un total de 8.000 que fueron
enviados a España. Ahora estaban totalmente agotados, incapaces
de cualquier acción militar. El gobierno español perdió
totalmente su interés en ellos y anuló las pagas. Desmoralizados
y mendigando, los últimos legionarios vegetaron durante más
de un año en chozas miserables a las afueras de Pamplona, hasta
que regresaron a Francia. Pero también el batallón de los
argelinos quedó gravemente mermado tras Barbastro: solamente 160
de 875 quedaron con vida, y pronto fueron disueltos. En su última
batalla la Legión se había aniquilado a si misma.
Y por último aparece una de las ironías más amargas
de esta historia, propia de la idiosincrasia de la Legión Extranjera
y de otros tantos relatos de mercenarios: cuando acabó la I Guerra
Carlista muchos fugitivos carlistas a llegaron Francia, de los cuales un
numero considerable se alistó a la Legión -reformada en 1839-
y de nuevo empleada en Argelia.
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