Decadencia y fin de Roma
del ejército de la República a los mercenarios del Imperio.
Roma se hizo grande y poderosa gracias a las legiones formadas por sus
ciudadanos. A finales del siglo V, mercenarios germánicos se hicieron
con el poder y acabaron así con el Imperio. El fin del Imperio Romano
ha generado una multitud de teorías y especulaciones. Habitualmente
se considera que Roma fue conquistada por hordas bárbaras después
de que los romanos hubieran caido en la decadencia y en la debilidad militar.
Algunos historiadores subrayan el deficitario comercio exterior, con la
escasez de metales preciosos, como una de las principales consecuencias.
Para otros, la causa eran problemas ecológicos: por ejemplo, los
romanos habrían perdido su fertilidad a consecuencia del exceso
de plomo en el agua potable. Antes de la toma de Roma, los germanos ya
se encontraban desde hacía generaciones a su servicio, por lo que
la conquista del poder tuvo una forma parecida al golpe de estado. Además,
hay que tener en cuenta que Bizancio tuvo que luchar con enemigos similares
–probablemente más fuertes – y, a pesar de ello, consiguió
mantenerse durante mil años más. Pero no es éste el
lugar para presentar una nueva teoría, sino para observar únicamente
el papel que jugaba el servicio militar y, muy especialmente, el de los
mercenarios.
El ejército de los ciudadanos romanos tuvo sus guerras más
duras contra el rey Pirro y Cartago, quienes luchaban principalmente con
mercenarios. Para el historiador romano Polibio, este antagonismo era fundamental
y, a la postre, la base del éxito de Roma: «Los cartagineses
utilizan mercenarios extranjeros, mientras el ejército romano está
formado de compatriotas y ciudadanos. También aquí el estado
romano merece más elogio que éste de Cartago. Porque cuando
allá, la libertad de la ciudad depende de la bravura de mercenarios,
aquí se basa en el valor propio y en la ayuda de los aliados. Por
eso, los romanos siempre renuevan la lucha con todas sus fuerzas, incluso
cuando han sufrido una derrota, mientras los cartagineses no. Porque los
romanos luchan por su ciudad y por sus niños su firmeza nunca cesará:
pelean a vida o muerte hasta que dominan a sus enemigos».
Inicialmente, tanto en Roma como en las ciudades griegas sólo
se enrolaban los «ciudadanos», que gracias a las propiedades
podían financiar los gastos militares. Los esclavos y los pobres
quedaban exentos, porque se consideraba, atinadamente, que no tenían
nada que defender y por eso no serían buenos soldados. Aunque
en tiempos de necesidad –por ejemplo, después de Cannas– hubo excepciones.
Este sistema funcionaría más o menos bien durante muchas
generaciones. Las dificultades comenzaron con las sangrientas Guerras Púnicas
(264-241 y 219-202 a.C.) y las largas campañas en Hispania, Grecia
y Asia Menor poco después. En Italia, regiones enteras se despoblaron.
Estas y las províncias conquistadas fueron confiscadas como «ager
publicus», es decir, tierras devueltas al dominio público.
A pesar de ello, estas tierras fueron colonizadas muy pocas veces por campesinos
romanos: pronto se convirtieron en latifundios gigantescos, trabajados
por masas de esclavos fruto del botín de estas guerras. Esta tendencia
fatal se alargó en el tiempo. Mientras muchos campesinos quedaban
aruinados por el servicio militar, cada vez más largo, la aristocracia
terrateniente, que formaba el Senado, aprovechó la situación
para extender sus enormes latifundios.
Con la paulatina desaparición del sector de la población
que había suministrado habitualmente la mayoría de los legionarios,
se comenzó a reclutar voluntarios entre las clases inferiores que
antes habían sido excluidas de este privilegio. Estos legionarios
fueron pagados y equipados por el estado, sirviéndole durante casi
toda la vida. Los generales apoyaban este cambio porque preferían
soldados profesionales. Además, nunca faltaban voluntarios porque
con el fabuloso botín que se hacía en aquellos días
en el norte de Africa y en Asia, siempre quedaba algo para los legionarios.
Hacia el año 100 a.C las antiguas levas de ciudadanos se habían
convertido en un ejército de profesionales. Por cierto, la paga
estaba estimada por debajo del sueldo de un jornalero, pero cuando el legionario
conseguía un buen botín, podía facilmente retirarse
tras 16 años de servicio, dedicarse al lote de tierra que le correspondía
como pensión y trabajarlo con uno o dos esclavos.
Estos pequeños lotes de tierra destinados a los veteranos se
acabaron convirtiendo en uno de los problemas más graves de Roma.
Muchos senadores miraban el «ager publicus» como un mero beneficio
propio y trataban de contentar a los legionarios con malas tierras o escamoteándoselas
directamente. Los grandes latifundios, que habían sido al inicio
algo típico del sur de Italia, se extendieron hasta la Toscana,
a mediados del siglo II a.C. Aunque hubo graves levantamientos de esclavos
y de campesinos arruinados y también serios esfuerzos de los Graco
(133-21 a.C.) por hacer una reforma agraria, todo ello fracasó frente
a las intrigas de los senadores: los Graco acabaron asesinados.
Democracia y servicio militar obligatorio no son valores absolutos,
sino formas de organización política en sociedades con una
clase media fuerte. No hay que ser un historiador para entender que pasa
con una sociedad que elimina a su clase media. Probablemente la democracia
será víctima de un golpe militar o de una revolución,
donde los soldados mal pagados son los instrumentos de los nuevos déspotas.
Muchos de los legionarios ya no eran romanos sino que habían
sido reclutados entre los aliados. Sus vínculos con Roma y con la
clase dominante eran escasos. Eran conscientes de que no podían
fiarse de las promesas de parcelas después de los largos años
de servicio. Otro factor a tener en cuenta es la total dependencia hacia
sus generales, quienes les habían permitido saquear a sus anchas
durante las campañas y que, como políticos importantes, les
podían apoyar para conseguir sus parcelas. Uno de estos jefes era
Sila (Sulla), que había marchado sobre Asia con seis legiones y
había recogido un inmenso botín entre las ricas ciudades.
Vuelto a Italia y apoyado por sus fieles legionarios instaló la
primera dictadura militar. Gobernó durante años con mano
dura e instituyó un régimen de terror. Finalmente se retiró
a la Campania, donde muchos de sus veteranos habían recibidos tierras,
de forma que nadie pudo tocarle.
De Sila a la lucha por el poder entre Pompeyo y César, que querían
acabar con la democracia en su propio favor, quedaba solamente un paseíto.
Pompeyo había empezado su carrera bajo el mando de Sulla y había
hecho tanto botín en las guerras en el este, que no era solo uno
de los hombres más ricos de Roma, sino que también pudo contar
con la lealtad de sus veteranos. César, por el contrario, era un
advendizo, que disponía de poco más que buen nombre y elocuencia.
Primero consiguió, como gobernador de Hispania, arreglar sus graves
problemas financieros. Regresó rico y pudo así «comprarse»
el puesto de gobernador de la Galia Cisalpina durante cinco años.
Hay montones de libros sobre «La guerra de las Galias», que
analizan las batallas, los sitios y el genio militar de Cesar. Pero muchas
veces no se considera que el objetivo central de Cesar era la creación
de un ejército leal propio. Inicialmente el Senado le había
concedido cuatro legiones: al fin de la guerra, tenía 11, todos
soldados endurecidos y probados en campañas largas. E, importante
de recordar, todos soldados absolutamente leales a él, su generoso
general.
La mayoría de estos legionarios habían sido reclutados
en la Galia Cisalpina y Transalpina, la Liguria y el sur de Francia de
hoy. Por ello, muchos eran celtas poco romanizados, quienes no todos tenían
la ciudadanía romana. Una legión estaba formada completamente
de celtas. Además, había grandes contingentes de mercenarios
extranjeros: jinetes numidios, galos y germanos, arqueros cretenses y honderos
de las Baleares. Al empezar la guerra civil Cesar dobló el sueldo
de sus tropas a 225 denarios al año. Después de su victoria,
la República y la democracia se acabaron definitivamente.
Los sucesores de Cesar, los emperadores romanos se apoyaron en un ejército
profesional, en cuyas filas los itálicos disminuyeron rápidamente.
A causa de la extensión de la ciudadanía estos legionarios
se fueron convirtiendo en Romanos. Al mismo tiempo, aumentó el número
de extranjeros en los «auxilia», los cuerpos auxiliares, que
recibían la ciudadanía después de unos 25 años
de servicio. El problema fundamental no eran los extranjeros, que se fueron
integrando fácilmente, sino que el ejército devino el poder
decisivo del estado adquiriendo cada vez más influencia en el nombramiento
de los nuevos emperadores.
Es muy ostensible el papel que jugó la guardia pretoriana, que,
acuartelada en la capital, asesinó y nombró emperadores a
placer, incluso subastando el poder al mejor postor. Conscientes de la
dependencia del favor de las legiones y en especial de los pretorianos,
uno de los métodos más frecuentes de los emperadores para
asegurar sus apoyos eran regalos de dinero entre las tropas. De ello se
puede inferir que es pertinente hablar de una «mentalidad de
mercenarios» entre las legiones, especialmente entre los pretorianos.
El último consejo del emperador Septimo Severo a sus hijos fue:
«Enriqueced a los soldados y no os preocupéis de más».
No obstante, las legiones no solamente defendían las fronteras del
inmenso imperio, sino también servían como institución
de integración para todos los «bárbaros», hasta
que llegó la gran crisis del siglo III.
Existen, a su vez, abundantes teorías sobre la crisis sin que
haya un acuerdo entre los historiadores sobre sus causas. Es seguro que
en el curso del siglo III los metales preciosos escasearon hasta casi desaparecer
y con el tiempo, todo el sistema financiero y fiscal se desmoronó.
Se reducía el oro y la plata en las monedas, lo que aceleró
la inflación hasta un derrumbamiento total de la moneda. En paralelo,
olas de bárbaros inundaban constantemente las fronteras. En el este,
los sasánidas conquistaban Mesopotamia; en Escocia, los romanos
tuvieron que retirar la frontera hasta el vallado de Adriano; francos y
alamanes franquearon el Rin saqueando la Galia y el norte de Italia, mientras
grandes partes de Grecia eran devastados por los godos (256-67).
Sería demasiado fácil construir una línea recta
entre estas graves primeras incursiones y el hundimiento final del imperio
200 años más tarde. Roma había superado otras crisis
y tenía fama de levantarse más fuerte tras sus derrotas.
Comparada con sus antiguos enemigos las tribus germánicas no eran
muy numerosas; en sus batallas más importantes no movilizaron más
de 20.000 guerreros. Además, cabe subrayar que Bizancio, que en
esa época luchaba contra los sasánidas, militarmente más
fuertes, consiguió salvarse de la crisis. También Roma encontró
generales que pudieron estabilizar la situación. Bajo el emperador
Valentianus (364-75) los alamanes fueron rechazados de la Galia, los pictos
frenados en Escocia, una rebelión en el norte de Africa reprimida
y la frontera del Danubio defendida. El quid de la cuestión radica
en saber por qué esta crisis se convirtió en una situación
permanente y qué tuvieron que ver los mercenarios con todo esto.
Mientras el ejército de Roma consistía en gran medida
en mercenarios bárbaros, que podían escalar en rango, los
pocos legionarios romanos venían de las clases inferiores y servían
solamente por dinero. A pesar de ello, la fiabilidad de los legionarios
no era un problema especialmente grave. Normalmente acababan sus 20-25
años de servicio y después de recibir la ciudadanía
romana se establecían junto a sus antiguas guarniciones. El problema
central continuaba siendo la reforma de las tierras. Desde los días
de Sila, los latifundios habían crecidos sin freno. Así,
en el siglo I cuenta Plinio que la mitad de la provincia de Africa se quedó
en manos de seis (!) latifundistas. Consecuentemente el estado no disponía
de tierras suficientes, por lo que desde hacía tiempo se empezó
a indemnizar a los veteranos mediante sumas de dinero. Pero los ricos senadores
bloquearon no solamente la concesión de parcelas, sino que tampoco
pagaron los impuestos derivados de sus enormes propiedades. En los tiempos
antiguos los campesinos romanos no solo habían formado la espina
de las legiones, sino que también habían alimentado al estado
con sus impuestos. Después, con las grandes conquistas, se hizo
tanto botín que las guerras se financiaron solas. Por otro lado,
muchos veteranos también se quedaban tierras en las provincias sometidas
como forma de colonización.
Todo esto acabó cuando Roma llegó a sus límites.
Tras la conquista de Britania (14), se realizó la toma de Dacia
(106), con lo que el imperio finalizaba su expansión. Así,
mientras cesaba la afluencia de botines, bajaba el total de impuestos en
el interior, que, además, eran a menudo defraudados por funcionarios
corruptos. Al mismo tiempo aumentaron los costes militares dado que el
ejército estaba profesionalizado y no se podía indemnizar
a los veteranos con tierra. El resultado era que los legionarios fueron
peor pagados cada vez, mientras, de paso, no faltaban las maniobras para
engañarles en sus indemnizaciones. Su tiempo de servicio se había
alargado hasta los 30 o 40 años de duración, con la esperanza
de que solamente pocos tuvieran acceso a los derechos. Y los que todavía
cumplían su servicio frecuentemente recibían a cambio campos
en zonas pantanosas o en montañas.
El aumento de los sueldos no podía mantenerse con la inflación,
así que, para los legionarios era imposible ahorrar algo. Los bárbaros
fueron alistados a la fuerza, no porque fueran mejores guerreros, sino
porque un romano prefería vivir de limosnas en la calle antes que
apuntarse por una miseria de sueldo. Al final. la escasez de soldados fue
tan fuerte que se reclutó a menudo prisioneros de guerra y se creó
la profesión de «soldado hereditario», lo que significaba
que los hijos de los legionarios eran condenados al mismo destino si no
encontraban un vía para escapar. El servicio militar se transformó
en una forma de esclavitud.
En estas circunstancias, a los veteranos les quedó solamente
una opción, si querían pasar sus últimos años
con un poco de dignidad: confiar ciegamente en su general. Únicamente
si éste subía lo bastante en la jerarquía, podía
encargarse de que sus veteranos recibieran unos campos adecuados. Por eso
todo esta época se caracterizó por la presencia de legiones
que proclamaban, desde la periferia, a sus generales como emperadores.
El ejército luchaba más en guerras civiles que contra enemigos
exteriores. En así llamada «anarquía militar»
(235-70) hubo unas tres docenas de emperadores proclamados por sus soldados.
No obstante, todavía se consiguieron mantener las fronteras,
vencer a grupos de invasores y rechazarlos. Las antiguas legiones fueron
reemplazadas cada vez más por unidades de caballería. Estas
tenían la ventaja de una mejor movilidad y menor costes, porque
requería el mantenimiento de menos soldados. De este modo, el ejército
romano se acercó paulatinamente a sus adversarios bárbaros,
además de detalles de comportamiento personal: los mercenarios llevaban
escudos ovales, cotas de malla, espadas largas, y luchaban bajo banderas
de dragón; y cuando proclamban a un emperador, lo subían
encima de sus escudos como era la costumbre germánica.
Finalmente, tampoco pudieron pagarse estas tropas y Roma comenzó
a contratar tribus enteras bajo el mando de sus jefes. Como «sueldo»,
estas tribus, como por ejemplo los godos, recibían províncias
enteras para satisfacer sus necesidades, o bien se les realizaba un solo
pago al inicio y luego se les concedía el derecho de saqueo, naturalmente
en las províncias romanas que debían defender. Sólo
entonces llegó el verdadero final del camino: en el año 476,
Odoacro era aupado encima del escudo por los mercenarios germánicos
haciéndole rey des los germanos en Italia.
Resumamos toda esta evolución en términos modernos: Roma
se hizo grande con una forma de servicio militar obligatorio para sus ciudadanos.
Con la concentración de tierras y con la economía basada
en la esclavitud, se redujo la clase media, que era quien proporcionaba
los legionarios. No obstante, las grandes conquistas permitieron la transformación
en un ejército profesional para el que se alistaron sobre todo gente
de las clases inferiores. Pero esto llevó al fin de la república
y condujo a una dictadura militar permanente. Al demorarse la llegada de
los botines de guerra y las reformas internas, empeoró tanto la
situación de los soldados que se comenzó a reclutar extranjeros,
que, a cambio, recibían la ciudadanía. Con la economía
cada vez más arruinada a causa de los golpes de estado y de las
guerras civiles, se contrataron señores de guerra autónomos,
que tenían que vivir del país, apoderándose finalmente
del poder.
En esta evolución, desde las levas de ciudadanos hasta el ejército
de mercenarios extranjeros, no se puede fijar una frontera clara: por el
contrario, se trata de proceso constante, en el que el soldado profesional
se encuentra a medio camino entre el miliciano y el mercenario. Los mercenarios
extranjeros, que ya existían en la república, fueron asimilados
durante un largo tiempo por el ejército como instrumento integrador,
por lo que perdieron su carácter mercenario convirtiéndose
en romanos. Después, ya fue poco importante si los legionarios eran
reclutados entre bárbaros o entre campesinos romanos aruinados.
En el momento en que los soldados luchaban sobre todo por una vida modesta
y perdían el sentido de lealtad hacia el estado, todos se convirtieron
en mercenarios, daba igual si eran extranjeros o romanos de pleno derecho.
Hay bastantes razones para concluir que la ruina de Roma no radica en
sus mercenarios, sino en la codicia de sus clases poderosas. También
se era consciente de este problema ya en la época, pero, evidentemente,
ninguno de los emperadores romanos tuvo la fuerza necesaria para imponerse
sobre los intereses de los grandes latifundistas. Cierto que algunos mataban
a senadores, confiscaban tierras y las distribuían entre sus soldados.
Pero esto sólo se aplicaba a la propia clientela: no eran reformas
profundas. Que este no era un destino inevitable nos lo indica la historia
de Bizancio, donde los mejores emperadores consiguieron, al menos, unos
ciertos compromisos de los terratenientes. Muchas regiones amenazadas del
Imperio estuvieron colonizadas por campesinos-soldados, que no solamente
substituían muchos de los costosos mercenarios, sino que también
ayudaban a sanear el presupuesto nacional con sus impuestos. Gracias a
estas reformas, Bizancio rechazó a los bárbaros en el siglo
VI y más tarde a los búlgaros y los árabes.
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