Rebelión en Cartago
La guerra implacable.
Cartago había luchado duramente a lo largo de 23 años
contra Roma y, finalmente agotada, rogaba en el 241 a.C. por la paz. Sicilia
tuvo que ser abandonada y las tropas púnicas, que habían
ofrecido una exitosa resistencia contra Roma, fueron retiradas. Su capitán,
el famoso Amílcar Barca, fué retirado de su puesto y el cartaginense
Gisco debía hacerse cargo del repliege de la tropa y del pago
de los mercenarios, ya que, al contrario que en Roma, en el ejército
púnico luchaban escasos ciudadanos sino todo aquello que los alistadores
habían podido reclutar en la ribera oeste del Mediterráneo.
Uno tras otro los mercenarios llegaban a Cartago con la intención
de cobrar el salario prometido por sus largos años en servicio.
Allí se encontraron infanteristas libios de la infanteria pesada;
jinetes mauritanos y númidas; iberos y ligures de la infantería
ligera; barbaricos celtas barbaros; griegos y samnitas acorazados, y honderos
baleares. A ellos se les unían desertores romanos, libiofenicios,
semihelenos, mestizos y parias de las ciudades púnicas y griegas
de Sicilia y el norte de África. Pero bajo el nombre de “mercenarios”
no debemos imaginarnos simplemente un ejército, aunque actuaran
como tal en la batalla. Se trataba más bien de un pueblo en migración
con todo lo que ello supone. Muchos llevaban a sus mujeres e hijos y también
a sus esclavos. Algunos andaban ligeros de propiedades mientras otros transportaban
el botín acumulado a lo largo de los años en mulas de carga,
burros y carros. Tras 23 años de guerra los veteranos supervivientes
de las primeras batallas eran ancianos y sus hijos, nacidos en el campo
de batalla, ocupaban sus puestos en las filas. Inicialmente habían
llevado los trajes y armas de sus respectivos pueblos, pero a lo largo
de la guerra se habían equipado con corazas romanas y ropas saqueadas
que habían sustituido a sus raídas ropas. Se hablaban todas
las lenguas del mundo conocido: probablemente los africanos se hacían
entender mediante un fenicio rudimentario, mientras otros dominaban un
griego primitivo, pero la mayoría debían comunicarse a través
de intérpretes o mediante el lenguaje universal de las manos.
Lo que se reunió en Cartago era una muchedumbre colorida y salvaje.
Ninguno estaba acostumbrado a pagar por lo que necesitaba y se recurría
a las armas a gran velocidad. Para controlar las contínuas contiendas
los cartagineses convencieron a los mercenarios -a cambio de una moneda
de oro- que se retiraran a Sicca al suroeste de Cartago para esperar allí
el pago de sus servicios. Pero la República, tras el largo período
de guerra, no podía ni quería reunir el capital necesario
para pagar sus deudas con los mercenarios. El capitán Hanno recibió
el encargo de negociar con los mercenarios la renuncia a parte de su sueldo.
Pero los mercenarios habían visto con sus propios ojos la inconmensurable
riqueza de Cartago, y durante las tranquilas semanas en Sicca habían
hecho recuento, una y otra vez, de las soldadas que debían recibir.
Además, durante las duras batallas en Sicilia Hamílcar les
había prometido sucesivos premios para mantener la moral de la tropa.
Así, cuando Hanno les transmitió la escasez de la República,
un clamor de escándalo recorrió el campamento. Los veteranos
mostraban sus viejas cicatrizes, y las madres mostraban desesperadas a
los hijos de aquellos soldados que quedaron tendidos en los campos de Sicilia.
Todos tenían en mente el hambre y el frío, y la brutalidad
de las batallas. Y les parecía un escarnio que aquel emisario, rico
y bien alimentado, les regateara la sangre vertida. Sin duda Hanno era
la persona equivocada para tratar esta cuestión: como púnico
típico, su arrogancia frente a la masa sólo acució
la protesta, y su escasa experiencia como general se reducía a la
represión de las revueltas populares libias. Pronto la indignación
era tan grande que los mercenarios decidieron trasladarse a la vecina Tunez,
estratégicamente más cercana a Cartago, para presionar desde
allí a la República. El consejo cartaginense empezó
a flaquear, enviando al campamento víveres y la promesa del pago
completo. Pero durante las acalorada discusiones las reivindicaciones de
los mercenarios había crecido. Ahora exigían también
el pago por los caballos perdidos y por las entregas de trigo que nunca
habían recibido –al precio del grano en tiempos de guerra-; y las
mujeres reclamaban el sueldo de sus maridos muertos.
Esta vez fué Gisco el elegido para llevar a cabo las negociaciones.
Popular entre las tropas, Gisco llegó a Túnez con una gran
suma de dinero. No obstante, algunos hombres se encargaban de mantener
los ánimos encendidos. De entre ellos se destacaban dos: el campano
Spendios y el libio Mathos. El historiador Polibio describe a Spendios
como un esclavo escapado, sin embargo es probable que fuera un desertor
romano que debía temer su entrega tras una paz pactada. En Sicilia
se habían producido muchas deserciones de mercenarios de una y otra
parte, y las deserciones por parte romana fueron ignoradas deliberadamente,
siempre que era posible, por el romano Polibio. Mathos tenía otras
razones. Como libio conocía y temía a los cartagineses, quienes
exprimían a sus territorios interiores con siempre nuevos y mayores
impuestos, y que habían reprimido con crueldad los levantamientos
ocasionales. Ahora los libios serían los últimos en cobrar
y muchos se preguntaban, con fundada preocupación, qué sería
de ellos una vez sus camaradas de otras procedencias se hubieran marchado.
El temor de los libios y su profundo odio a los cartagineses animaba a
Mathos, mientras Spendios, destacado por su multilingüismo y su talento
retórico, agitaba a los demás grupos. Pronto todo el campamento
clamaba por el amotinamiento y los pocos que se inclinaban por la negociación
murieron a pedradas – la antigua forma de democracia en los ejercitios.
Los mercenarios hicieron prisioneros a Gisco y sus acompañantes
y mandaron mensajeros a las ciudades libias para incitarlas a unirse a
su levantamiento. Estas, azuzadas por el odio a Cartago, aceptaron
la propuesta y, excepto Utíca e Hippo Diarrhytos, enviaron dinero
y tropas de refresco a los mercenarios. Mientras, Mathos, Spendios y Autarit
- el jefe de los celtas - habían designado como nuevos generales,
y habían procedido a la división del ejército en tres
grupos: uno permanecería en Tunez y los otros dos serían
enviados a la conquista de Utíca y e Hippo Diarrhytos. Cartago mobilizaba
asimismo a sus tropas. La flota fué preparada, se recrutaron nuevos
mercenarios y se armó a la población civil.
Hanno fué mandado en ayuda de Utíca al mando de un
poderoso ejército que contaba con más de 100 elefantes y
numerosa maquinaria de guerra. Con sus elefantes consiguió aniquilar
el campamento enemigo y poner el fuga a los mercenarios restantes. Mientras
su ejército saqueaba el campamento, Hanno entraba en Utíca
para celebrar con un banquete su gran triunfo. Pero los mercenarios no
eran la simple población libia contra la que Hanno estaba acostumbrado
a luchar, sino veteranos experimentados curtidos en muchas batallas: se
reagruparon en una colina y lanzaron un contraataque exitoso al campamento
púnico en el que murieron numerosos soldados y elefantes.
Finalmente Cartago se veía ahora en la necesidad de rehabilitar
a Amílcar Barca como general al mando de un nuevo ejército.
A pesar que Amílcar poseía una tropa menor que la de Hannon
consiguió someter a los mercenarios de Utíca a una severa
derrota, levantar el sitio y recuperando otra larga lista de ciudades sublevadas.
Así demostró su capacidad como jefe del ejército.
Tambien ninguno como él conocía tan bien a su enemigo. Al
fin y al cabo los mercenarios habían aprendido su oficio bajo su
mando. Era temido o admirado por casi todos y, cuando Amílcar ofreció
una amnistía y admitió a sus prisioneros en sus filas sin
castigo, hubo muchos desertores, quienes querían volver a estar
al mando de su antiguo señor. Dadas las circunstancias, los cabecillas
de la revuelta, sobre todo Spedios y Autarit, decidían quemar
las naves y matar a todos los prisioneros cartaginenses incluido Gisco.
Ademas se prometían no hacer mas prisioneros, lo que realizaban
hasta su amargo desenlace.
La crueldad de los mercenarios despues estaba condenada riguroso por
los cronistas romanos que relatan estas hechos. Pero no se deberia olvidar
que los veteranos de la Guerras Púnicas a pesar que formaban la
respalda de la rebelión mientras eran una minoria. El grande parte
del ejercito estaba compuesto por las milicias de las ciudades libios,
campesinos aruinados y esclavos fugitivos. Como roma trataba a ciudades
rebeldes se puede leer extenso en las cronicas. Quien estaba vendido en
la esclavitud tuvo suerte. En muchos casos todo fue degollado: ancianos,
mujeres, niños aun animales domesticos. Los cartaginenses habían
tratado Libia hace generaciones de la misma manera. Mientras la guerra
en Sicilia cruzificaban 3.000 mercenarios libios a la vez porque estaban
sospechoso de traición. Si Amílkar enseñó clemencia
al inicio estaba solamente para atrae los mejores soldados a su banda.
Los libios rebeldes hubieron tenido que pagar la cuenta en todos casos.
Despues el asesinato de Gisco tambien Amílkar en el futuro dejó
degollar, cruzificar o aplastar por sus elefantes a todos los prisioneros.
No obstante no tenía mucho exito. A causa de intrigas celos mutuos
el y Hanno no estaban cabazes oganizar actiones juntos. Al final aun se
sublevaban las hasta entones leales ciudades Utíca y Hippo Diarrhytos
contra sus explotadores; mataban a los guarniciónes cartagineses
y abrieron sus puertas a los rebeldes. Despues este resfuerzo los mercenarios
se sentieron bastante fuerte para empezar con el sitio de Cartago. Pero
sin maquinas de guerra no tenían perspectivas tomar las murallas
gigantescas por asalto.
Mientras Roma y Siracusa los antiguos enemigos de Cathago habían
entrado en razón que una rebelión exitoso en Libia puede
perjudicar a su propia autoridad, y empezaban a apoyar su exrival massivamente.
Enviaban viveres y armas – Syracus tambien mercenarios – y prohibían
cada commercio con las ciudades rebeldes. En Cartago el senado llegaba
a la conclusión reemplazar Hanno por el general Aníbal quien
colaboró mejor con Amílcar. Juntos consegían cortar
los caminos entre los sitiadores y las otras ciudades, que estos tenían
que retirarse.
Ahora los rebeldes separaban sus fuerzas. La parte mas grande quedó
con las bagages bajo mando de Mathos en Túnez mientras Spendios
y Autarit marchaban con 50.000 de las mejores tropas, incluido la mayoría
de los mercenarios en las montañas del Atlas. Porque Amílcar
estaba mas fuerte con cabaleria y elefantes esperaban vencerle en una batalla
decisiva en un terreno dificil. Pero en las siguientes maniobras tacticas
el general versado demonstraba otra vez su experiencia superior. Consegió
atraer sus enemigos en un desfiladero profundo llamado “la sierra” y encerrarlos
a todos allá. Cuando todos los esfuerzos para liberarse con asaltos
habían fracasados los sitiados esperaban a socorro de Túnez.
Probalemente sus mensajeros nunca habían llegado, porque esperaban
en vano. Cuando el hambre se pondría peor mataban y comían
a sus prisioneros y despues a los esclavos. Sin ninguna esperanza decidían
ofrecer su capitulación. Enviaban diez de sus capitanes – entre
ellos Spendios y Autarit - a Amílcar y proponían que el puede
elegir diez rebeldes para castigarlos, pero que deberia permitir al resto
retirarse sin armas a sus patrias.
Amílcar contestó que tomaría estos diez capitanes.
Les dejaba maniatar y despues caió con su ejercito encima los rebeldes.
Estaba una carniceria terrible, debilitado por el hambre, sin sus capitanes
y totalmente desesperada los mercenarios y libios se defendían solamente
poco. No había merced, tambien estos que se rindieron sin condiciones
dejó Amílcar aplastar por sus elefantes. Mas que 40.000 encontraban
la muerte allá.
Tras esta victoria importante Amílcar y Aníbal iban con
sus ejercitos a Túnez para aniquliar aqui Mathos con las ultimas
tropas. Levantaban a opuestos lados dos campamentos fortificados y empezaban
con el sitio. Para enseñar a los rebeldes su futuro distino Amílcar
dejó torturar y despues cruzificar a las diez capitanes apresados
delante las murallas. Entonces los cartagineses empezaban ya a celebrar
su victoria segura. Pero Mathos disponía probablemente todavía
de un pequeño nucleo de veteranos. Porque cuando se enteraban de
las fiestas tomaban el campamento de Aníbal por un asalto imprevisto.
Muchos cartagineses fueron matados y Aníbal y algunos de sus oficiales
apresados. Los mercenarios sacaban el muerto Spedios de la cruz y cruzificaron
Aníbal a este mismo. Encima el cuerpo de Spendios degollaban a diez
cartagineses nobles como sacrificio de sangre por su general muerto.
Otra vez las fuerzas estaban mas o menos equilibrados. Amílcar
tenía que abandonar Túnez y ambos ejercitos buscaban un advantaje,
había escaramazus y sitios de otras ciudades. Pero despues de tres
años de guerra todos estaban agotados. Innumerables habían
caidos o asesinados, todos habían ido a los limites de sus remedios
y con sus sufrimientos todavia mas allá. Y por eso ambos partes
se ponían de acuerda para darse una ultima batalla decisiva. Los
cartagineses armaban a todos los cuidadonas que podían llevar armas,
y los libios unieron las milicias de las ciudades rebeldes. De los mercenarios
no quedaban muchos en esta ultima leva. Probalemente unos pocos celtas
y griegos que podían formar con los veteranos libios algo como una
falange, la gran mayoría consistía de ciudadanos desesperados,
campesinos mal armados y ex-esclavos. A pesar de eso luchaban heroicamente
porque nun pueden esperar ninguna merced, y cuando estaban vencidos no
había muchos supervivientes. Entre ellos estaba Mathos. Con los
otros prisineros fue llevado en una marcha triunfal a Cartago y allá
torturado a muerte por la juventud de la ciudad.
Así acabó «la guerra implacable» como fue
llamado. Polibio, quien vivió en un tiempo abundante de guerras
y devastaciónes, escibió que esta guerra «tanto como
nuestro conocimiento historica llega por atrás había superaba
mucho a todos los otros en su crueldad y infamia». Pero la historia
de los mercenarios en el servicio de Cartago no había llegado a
su fin. Casi exactamente 20 años despues esta gran rebelión
Aníbal el hijo de Amílkar llevaba un ejercito de iberos,
libios, bereberes, celtas, baleares y muchos otros encima los alpes. Su
élite eran sus «viejos africanos» – la infanteria libio.
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Este texto fue traducido del alemán:
Der Söldnerkrieg
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