Bin Laden y Al Qaeda
Los mercenarios perdidos de la CIA.
Al final de los años 70 la Unión Soviética se vio
obligada a enviar tropas a Afganistán para apoyar al régimen
aliado. Los EE.UU. veían en ello una amenaza clara a sus intereses
geopolíticos en la región y buscaban posibilidades para reducir
la influencia soviética. La herramienta adecuada la encontraron
en Pakistán, su tradicional aliado. Bajo la influencia decisiva
del consejero de seguridad de Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, los EEUU
empezaron a apoyar vía Pakistán a los muyajidín en
Afganistán. Cuando las bajas rusas aumentaron Brzezinski vió
la oportunidad de implicar a la Unión Soviética en una guerilla
sangrienta –un Vietnam afgano. Lo satisfecho que estaba con estos progresos
quedó de manifiesto en una entrevista en la declaraba: «¿Qué
era más importante ante la mirada de la historia? ¿Los talibanes
o la caída del imperio soviético? ¿Algunos musulmanes
sobreexcitados o la liberación de Centroeuropa al final de la guerra
fría?»
El proyecto aún se aceleró más con Ronald Reagan
en la presidencia, quien definió la Unión Soviética
como «la cuna del mal», y llamó a los terroristas en
Afganistán, Angola, Camboya y Centroamerica generalmente «defensores
de la libertad», siempre que lucharan contra los comunistas o contra
quien pudiera ser considerado como tal. Entre 1978 y 1992 los EE.UU. gastaron
como mínimo 6.000 millones de dólares en esta guerra nunca
declarada. Arabia Saudí invirtió por su parte un presupuesto
parecido. Naturalmente poco populares, estas operaciones se organizaban
de forma clandestina, lo que significaba que la CIA evitaba todo contacto
directo con sus protegidos y utilizaba el servicio secreto de Pakistán
–el ISI (Inter Services Intelligence)– como intermediario.
No obstante, los millones de dólares provenientes de los Estados
Unidos y de los países del Golfo no bastaban para financiar el conflicto
y satisfacer, al mismo tiempo, los deseos de los señores de guerra
regionales. Por eso los muyajidín empezaron a ordenar a los campesinos
que plantaran opio en las regiones controladas. La cosecha resultante servía
entonces como un «impuesto revolucionario» y era exportada
vía Pakistán a todo el mundo.
Antes de la guerra, la producción de opio en Afganistán
era relativamente pequeña y se destinaba al mercado local. Pero
ahora este país se convertiría en el primer proveedor mundial,
lo que naturalmente tuvo consecuencias en la propia población. El
número de adictos a la heroína subió en Afganistán
de casi cero en 1979, a 1,2 millones en 1989.
Uno de los productores y traficantes más poderosos era el señor
de guerra Gulbuddin Hekmatyar, también protegido del ISI paquistaní.
La producción y el tranporte fueron organizados en Pakistan baja
la protección del todopoderoso ISI y con la ayuda de la CIA, que
bloqueaba las investigaciones de la DEA (Drug Enforcement Agency). Pero
en una guerra siempre hay daños colaterales o, como vino a aclarar
más tarde el responsable de estas operaciones, el director de la
CIA Charles Cogan: «Our main mission was to do as much damage as
possible to the Soviets. We didn't really have the resources or the time
to devote to an investigation of the drug trade [...] I don't think that
we need to apologize for this. Every situation has its fallout».
Bien, con estos «fallout» los americanos están bastante
familiarizados por lo menos desde la guerra de Vietnam, donde financiaron
a su ejército clandestino en Laos de la misma manera. El apoyo a
los contras en Nicaragua se diferenció tan sólo porque se
traficó con cocaina –Noriega podría contar seguramente
largas historias sobre ello.
Pero mucho más graves eran los problemas que estaba gestando
la CIA a mediados de los ochenta, aceptando la propuesta del ISI de reclutar
voluntarios musulmanes en todo el mundo y entrenarles para la jihad contra
la Unión Soviética. Se estima que unos 100.000 voluntarios
llegaron a Pakistan y fueron allí adoctrinados en las madrazas (escuelas
coránicas) con la financiación de Arabia Saudita. Muchos
de ellos tomaron parte en la guerra en Afganistán, otros deberían
llevar el conflicto hasta las repúblicas musulmanes de la Unión
Soviética, o luchar para una Cachemira unida a Pakistán.
Después que la Unión Soviética misma se convirtiera
en un objetivo de la guerra, la CIA tenía todavía más
razones para ocultar su participación. Dinero y material fueron
pasando a través del ISI a una organización llamada MAK que
se ocupó de su distribución en Afganistán. A partir
de 1989, Osama bin Laden llegó al mando del MAK ampliando así
su influencia y su poder. Sin embargo, la separación de tareas funcionaba
tan bien que después tanto él como la CIA pudieron afirmar
con toda tranquilidad que nunca tuvieron algo que ver el uno con el otro.
Las bajas entre los voluntarios islamistas eran muy altas. Además
deberían empezar a llevar la guerra a las ciudades. Por eso necesitaban
especialistas que les entrenaran en la guerra de guerillas, en el combate
en las ciudades, y que les mostraran los últimos trucos del terrorismo.
Y aquí entraron verdaderamente en la partida algunos instructores
de los «Green Berets», las fuerzas especiales de los EE.UU.
También su fiel aliado Gran Bretaña envió unos especialistas
del SAS, que habían acopiado el necesario know-how en su lucha en
Irlanda del Norte. Uno de estos instructores del SAS, que también
había entrado en combate junto a los talibanes contra los rusos,
relató bastante cínicamente: «Los mulahs les habían
contado que recibirían un sitio a la derecha de Alah si morían
en la jihad. Podría ser. Pero estos hombres fueron aniquilados en
masa. Cuando yo llegué, me pareció que a la derecha de Alah
había bastante cola».
Uno de los mejores especialistas para la lucha terrorista en la ciudades,
un tal Ali Mohammad, llegó de los EE.UU.. Nacido en Egypto, sirvió
allá en el ejército. Después emigró a los EE.UU.
y se alistó en 1985 en el ejército. Entró en las fuerzas
especiales y fue entrenado como «Green Beret» en Fort Bragg,
donde le enseñaron todo lo necesario para preparar atentados y coches-bomba.
Finalmente, llegó a ser lo bastante bueno para dar clases algunos
años en el « JFK Special Operations Operations Warfare School».
En 1989 dejó oficialmente el ejército y empezó a entrenar
en New Jersey a los fundamentalistas islamistas que después serían
enviados a la guera terrorista en Afganistán. Y seguro que no lo
hizo sin el concimiento de sus antiguos patronos. Claro que hablamos de
otra época: el 11 de septiembre era todavía sólo futuro,
pero ya se estaba preparando el camino. Al mismo tiempo, Ali Mohammad viajó
algunas veces a Pakistán y Afganistán para compartir allá
sus conocimientos. Rápidamente se convirtió en el mejor especialista
de bin Laden para operaciones especiales –léase atentatos–, y ayudó
a éste a erigir una nueva base en Khartoum en el Sudán. Finalmente
fue arrestado por el FBI en 1989 como uno de los responsables de los atentados
contra las embajadas estadounidenses en Nairobi y Dar-es-Salaam.
Osama bin Laden llegó en 1980 a Afganistán para luchar
contra los soviéticos, enviado probablemente por el servico secreto
saudí. Viniendo de una familia multimillionaria, bien educado y
además ingeniero, no tuvo que reforzar la carne de cañón
en el frente, sino que se dedicó a la instalación y construcción
de depósitos y de campos de entrenamiento, a la apertura de vías
de aprovisionamiento y a la organización del dinero –el «fund
raising» o «sponsoring». Con el apoyo directo del ISI,
y el indirecto de la CIA, unas decenas de miles musulmanes fueron entrenados
bajo su mando y enviados al combate. Al mismo tiempo mantuvo abierta la
afluencia de dinero de los ricos estados árabes. Al contrario de
los señores de guerra locales, su papel era el de un condottiere
de verdad, que tiene y mantiene su poder gracias a la tropas que él
mismo había reclutado, entrenado y pagado. En esta posición
se podría mantener hasta hoy en día si no se hubiera rebelado
contra sus antiguos patrones, los EE.UU. y Arabia Saudita.
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