Napoleón y los mercenarios
Entre magníficos uniformes y amargas realidades.
Quien se mire libros y, naturalmente, páginas web sobre las guerras
napoleónicas, se encontrará principalmente con magníficos
uniformes. Era la gran época de los sastres militares. Pantalones
y chaquetas de colores llamativos contrastaban con los cordones, galones,
torzales, bocamangas y solapas coloreados, todo ello acompañado
con brillantes hebillas, botones y corazas, y finalmente coronados por
chacós, cascos, gorras y sombreros de múltiples formas. Los
soldados de los diferentes regimientos, o están representados mediante
en un enorme desfile de modelos, o se les vé mandando con gallardía
cargas de caballería o ataques acometidos a bayoneta. A veces se
observan muertos y heridos a los lados de los cuadros, pero todo está
dominado por soldados heroicos que luchan dentro de sus impresionantes
uniformes.
La imagen que nos queda de estas guerras fué creada en su gran
mayoría a posteriori –no hablamos de Goya – por pintores de regimientos
que hacían sus obras mientras soldados posaban ante ellos con uniformes
impecables. La guerra está presentada como un juego de soldaditos
de plomo, que sólo pueden disfrutar hombres que no llegarán
a adultos. Así lo relataba el historiador militar John Keegan, escandalizando
a parte de su auditorio, cuando contaba que frecuentemente los médicos
sacaban de las heridas dientes y trozos de huesos de otros soldados.
Esta tendencia ha seguido glorificada gracias a la enorme cantidad de
literatura patriótica, producida tras las guerras napoleónicas.
Los franceses habían perdido, por cierto, pero tenían a los
grandes héroes; los ingleses habían ganado, de nuevo, contra
el resto de todo el mundo. Por primera vez, muchos de los demás
pueblos habían descubierto el patriotismo durante la lucha contra
Napoleón; incluso, al final, hasta los americanos habían
tomado parte. Además, es necesario subrayar que la mayoria de las
autobiografías fueron escritas por oficiales, que tenían
grandes privilegios en comparación con los soldados rasos. A menudo,
para estos oficiales, la guerra parecía por una francachela con
vino, mujeres y aventuras. Y si tenían realmente la mala suerte
de ser heridos, tenían muchas mejores opciones de conseguir tratamiento
o una pensión en caso de invalidez.
Claro que, también son conocidos otras hechos de las guerras
napoleónicas. Es necesario cavar un poco más profundo en
la literatura y pasar por toda la basura fetichista de uniformes y patriotas
ingénuos. Se estima, por ejemplo, que entre 1792 y 1815, en Europa,
4,5 millones de hombres servían en algun ejército. De estos
cayeron luchando unos 150.000; 2,5 millones murieron a causa de hambre,
enfermedades o de interminables fatigas. Es por ello que hay que tener
presente que la gran mayoría de los soldados jamás dispararon
a enemigo alguno antes de «estirar la pata» junto a alguna
carretera anónima o en un sucio acantonamiento.
Paralelamente, hay que anotar la eficiencia devastadora de la artillería.
Napoleón era un gran maestro en unir baterías gigantescas
y bombardear con éstas el enemigo durante horas. Hasta que llegaba
la «gloriosa» carga, muchos ya estaban muertos, desmembrados,
o se revolcaban mutilados en su propia sangre. Solamente algunos soldados
tomaban parte en las escenas que nos enseñan estos cuadros populares,
y aún muchísimos menos mataron a alguien en combate. El destino
de los soldados era marchar y aguantar hambre, frío y enfermedades,
y, si de verdad, entraban alguna vez en batalla, sólo podían
dejarse derribar a cañonazos en formación fija.
El obstaculo más grave para desplegar una mirada a las guerras
napoleónicas era, y sigue siendo, el patriotismo. Mientras la Revolución
Francesa se inventó la patria en una dimensión totalmente
nueva. Para su defensa todos los patriotas debían luchar voluntariamente
y sobre todo, gratuitamente. Napoleón no solamente utilizó
este culto al sacrificio, sino que también lo intensificó
hasta lo insoportable, encumbrándose su figura como símbolo
mismo de la patria. Con la enorme dinámica de la nueva ideología
se podía exigir de sus subditos una disposición al sacrificio
con la que ni un Luis XIV habría soñado. Se cuenta una cita
de Napoleón tras su estancia en Santa Elena: «Un soldado como
yo necesita 100.000 hombres al año». Con esta cifra, que equivale
más o menos a las bajas reales, se refiere a hombres a enrolar,
consumidos como materia prima, sacrificados a objetivos personales. Nunca
ningún sanguinario ídolo azteca había exigido una
masa de sangre tan enorme; solamente Hitler y algunos despotas del siglo
XX se aventurarán a fanfarronadas semejantes, añadiendo,
eso sí, un cero más.
Con la invención del «patriota», los mercenarios,
en el fondo, perdían su derecho a existir. Del lado francés,
se puso de moda difamar a todos sus enemigos como «mercenarios ingleses»,
porque la mayoría recibía subsidios británicos para
mantener la guerra. Era una idea antigua, con la que ya Polibio hizo su
propaganda contra Cartago: hombres libres que luchaban voluntariamente
contra los criados alquilados por los capitalistas. Ahora, además,
la Revolución Francesa añadía la percepción
de que comenzaba una época nueva de libertad, en la que el voluntario
era la manifestación adecuada, mientras los mercenarios representaban
los pasados tiempos siniestros del absolutismo. Pero si se mira la situación
un poco más de cerca, los ejércitos napoleónicos recuerdan
–y mucho- tiempos lejanos.
En primer lugar, se encuentran las tropas francesas mismas. Napoleón
tenía sin duda muchos talentos, pero también era un condottiere
nato, un emperador de soldados, que no estimaba a los conscriptos, sino
a los veteranos escaldados. Y a éstos trataba de la misma manera
que tiempo atras hicieron los jefes de mercenarios. Cuando tomó
el mando del desolado ejército de Italia, lo primero que hizo fue
levantar el ánimo de unos soldados desharrapados prometiéndoles
los «tesoros de Italia», las «llanuras más fértiles
del mundo», pan, ropa y dinero. Cuando entraron en Milán,
los franceses fueron aclamados como liberadores de la opresión de
los habsburgo, pero ocho días después la población
saqueada se levantó contra sus nuevos explotadores y solamente pudo
ser aplacada mediante ejecuciones sumarias. Durante el siglo XVIII el saqueo
–la gran pasión de los mercenarios– fue bastante reducido, a fin
de que los ciudadanos pudieran trabajar y pagar impuestos. Los ejércitos
fueron aprovisionados regularmente desde almacenes fijos, para proteger
a la población de las grandes devastaciones que habían arruinado
los estados durante el siglo XVII. Bajo el mando de Napoleón, se
recurrió a métodos antiguos. La guerra debía nutrir
otra vez la guerra.
Pronto los veteranos tuvieron menos en común con los voluntarios
de la Revolución que con las huestes salvajes de la Guerra de los
Treinta Años. Solamente algunos oficiales lo observaban con disgusto.
Así cuenta uno, que durante la campaña en Italia los generales
todavía estaban ocupados «con llenar sus carros de munición
con las riquezas de las iglesias, monasterios y castillos» y estimulaban
a sus soldados seguir su ejemplo. Otro relata los pillajes crueles en España:
«para nosotros era horroroso contemplar como este hermoso país
era entregado entero a un saqueo desenfrenado y a la rabia de soldados
borrachos, que se lavan sus manos en aguardiente y champán y cuando
duermen se cubren de sagradas vestiduras». Un general escribió
en 1796 a Napoleón, que sus tropas eran peor que los vandálos
y que tenía vergüenza de mandar sobre tal chusma de salteadores.
Desde Alemania, escribió el general Moreau: «Hago lo que puedo
para manejar los saqueos, pero la tropa no recibe sus pagos desde hace
dos meses y los transportes de víveres no pueden seguir nuestras
marchas». Y el general Jourdan: «Los soldados maltratan el
país hasta el extremo: me averguenzo de mandar un ejército
que se comporta de una manera tan indigna. Si los oficiales tratan de hacer
algo, se les amenaza, e incluso se les dispara.»
Las tropas de Napoleón eran más rápidas que sus
enemigos, entre otras razones porque renunciaban al sistema tradicional
de almacenes en favor de las requisas. Los países vencidos fueron
explotados sistemáticamente por la administración. Napoleón
exigió sumas enormes de contribuciones, víveres, ropa, caballos
y, naturalmente, soldados. El hecho de que los franceses vencieran con
relativamente pocas bajas hizo aumentar mucho la motivación de sus
soldados. Pero atizó los odios de los pueblos oprimidos por él,
que se rebelaron -no como última razón- por ello. Los ejércitos
napoleónicos tuvieron que pagar la cuenta en España y en
Rúsia con una guerrilla de una crueldad entonces casi olvidada.
Un soldado raso, que había sobrevivido en Rusia a cosas horrorosas,
escribió que se debía entender las crueldades de los rusos,
«si se toma en cuenta el tratamiento a los prisioneros rusos. Porque
cuando nosotros fuimos los vencedores, columnas enteras pasaban ante nosotros,
y cuando uno se retrasó a causa de la debilidad se le disparó
en la nuca, estallándole los sesos a su lado. Asi ví, a cada
50 o 100 pasos, cadáveres con la cabeza todavía humeante.
[..] Y los pocos supervivientes murieron de hambre».
Todavía peor que la guerrilla eran las retiradas, cuando en las
regiones explotadas ya no quedaba nada para requisar. El desastre en Rúsia
fue causado en su mayor parte por el hecho que la Grande Armée tuvo
que tomar de vuelta el mismo camino que ya había devastado mientras
se dirigía hacia Moscú. Pero también en España
murieron muchos soldados por hambre durante la retirada de Portugal. Sin
embargo, para lo que aquí nos ocupa, queda como hecho más
importante el que Napoleón animara una mentalidad de mercenarios
entre sus tropas. Los soldados ya no servían a la constitución
o a la república, sino a su caudillo adorado. En cambio, podían
saquear como en los buenos tiempos pasados gracias al sentimiento de pertenecer
a una elite de hombres casi sobrenaturales.
Pero bajo el mando de Napoleón no solamente las tropas francesas
se acercaron a los mercenarios, también el viejo tráfico
de soldados –tan difamado por la Revolución– llegó a nuevas
cotas. Los aliados estaban obligados a proveer soldados. Sobre todos los
príncipes alemanes, pero tambien Holanda, Italia y Polonia enviaron
a sus hijos a España o a Rúsia a morir. Aunque no lo hicieron
bajo subsidio británico, sino por enormes territorios y coronas
de duques o reyes. Entre los 600.000 hombres que fueron con la Grande Armée
hacia Moscú 130.000 eran alemanes, 60.000 polacos, 40.000 holandeses,
20.000 italianos, 10.000 suizos, 10.000 croatas y unos miles de españoles
y portugueses. Solamente unos pocos restos lamentables escaparon de la
catástrofe. De los 15.000 würtemberguenses volvieron por ejemplo
solamente ¡300! Por el contrario, de los 20.000 hessenianos que habían
sido alquilados por su duque a Inglaterra para luchar contra los rebeldes
Estados Unidos, habían vuelto más de la mitad y unos 3.000
se habían quedado como colonos... ¡y había sido un
escándalo!
Y no eran solamente estos soldados, reclutados a la fuerza y vendidos,
nuevos triunfos de los métodos del absolutismo, también los
regimientos tradicionales de mercenarios prosperaron rápidamente.
Formados por oficiales emprendedores, estas unidades se llenaron de aventureros
extranjeros, desertores y prisioneros de guerra. Con cada campaña
acudían unidades nuevas. Durante la de Egipto se reclutaron malteses,
griegos, coptos y los famosos mamelucos. A veces solamente daba para formar
un batallón, en otras para un regimiento. Unidades híbridas
de infantería y caballería recibían el pomposo nombre
de «legión». Venía de la moda neoclásica,
deseosa de crear puentes con la República Romana. Lo importante
era que «legionario» no sonaba tanto a «mercenario».
La Legión Extranjera francesa formado en 1830 será un nieto
de estas unidades napoleónicas. Había legiones de catalanes,
croatas, jenízaros, tártaros lituanos, ligures, sirios, albaneses,
y, naturalmente, polacos, suizos y alemanes. Se crearon batallones especiales
para desertores prusianos y austríacos.
En cada lugar, donde se hallaba material humano, se trataba de explotarlo.
Cuando Napoleón vió en Egipto a los numerosos esclavos negros
de buena figura, escribió a Francia: «General-ciudadano, quiero
comprar 2.000 o 3.000 negros mayores de 16 años y poner cien de
ellos en cada batallón». A pesar que de esta idea no llegó
a ningún resultado, tras el regreso a Francia se crearon compañías
formadas de los africanos adquiridos. Completadas con esclavos, que habían
sido deportados desde las posesiones francesas en el Caribe a causa de
las rebeliones, se formó un batallon de zapadores.
Como en los regimientos de extranjeros de la monarquía, también
en las legiones de extranjeros napoleónicas existió una diferencia
fundamental entre soldados rasos y oficiales. Un oficial recibía
un sueldo aceptable, tenía la esperanza de una pensión y
como prisionero de guerra era tratado honradamente: aún podía
dejar el servicio y era sobre todo un señor. Aunque estaba prohibido
golpear a los soldados rasos, la situación de éstos no cambiaba
mucho de la esclavitud. Cuando se habla de las legiones de extranjeros
se debe distinguir, por tanto, entre oficiales o soldados rasos.
Esta diferencia ya se mostraba durante la formación. Inmediatamente
después de la orden para formar unidades se presentaba una muchedumbre
de emigrantes, ex-oficiales de los países ocupados, buscafortunas
de dudosos orígenes y también franceses que querían
hacer carrera en estas unidades. Por el otro extremo, los soldados rasos
eran escasos. Por cierto, que algunos todavía se dejaban enganchar
en las calles y en las tabernas mediante un simple anticipo y mucha bebida.
La gran mayoría, sin embargo, era reclutada en los campos de prisioneros
de guerra. Si los reclutadores no tenían el exito deseado, los candidatos
eran maltratados o simplemente se les reducía la comida hasta que
capitulaban. Está claro que con estos métodos se perdió
muy rápido la composición nacional que anunciaba el nombre
de la legión.
Un ejemplo típico es la «Legión Irlandesa».
El plan era formar una legión irlandesa para una invasión
de Irlanda ya planificada durante la República, pero que nunca fue
realizada, a pesar de que todavía quedaban algunos restos de las
antiguos regimentos irlandeses de la monarquía en Francia. Cuando
en 1803 Napoleón dió la orden de formar una legión
con inmigrantes irlandeses y con franceses de raíces irlandesas,
se alistaron demasiados oficiales, pero casi ningún soldado. Así,
la «Legión» consistiría durante los siguientes
años en 66 oficiales y solamente 22 (!) soldados y suboficiales,
con lo que la actividad se redujo a las intriguas por las graduaciones
y privilegios. Esto cambió solamente en 1806, cuando la legión
–que todavía contaba con unos 80 hombres- fue trasladada a Maguncia
para más reclutamiento. Allí recibió como refuerzo
1.500 prisioneros de guerra de entre los prusianos recién vencidos.
La mayor parte de estos «prusianos» eran polacos –antes reclutados
a la fuerza por Prúsia - y también había algunos irlandeses.
Estos habían sido detenidos por los ingleses en 1796 durante una
rebelión en Irlanda, y que habían sido vendidos sin demora
a Prúsia como soldados.
Más tarde, una parte de la Legión fue utilizada en algunas
guarniciones en España; otra para defender las costas de Holanda.
Cuando los ingleses trataron de invadir Holanda hicieron prisionero a un
batallón entero, que fue directamente incorporado al servicio británico.
No hay ni que decir que a los soldados nada se les preguntaba. Tras estas
pérdidas, se permitió a la Legión reclutar un nuevo
batallón en un campo de prisioneros en Alemania. Allá convencieron
a unos cientos a alistarse mediante violencia, amenazas y mucho alcohol.
Durante la guerra en Portugal los irlandeses finalmente pudieron luchar
contra los ingleses, tan odiados por ellos. Por entonces, los irlandeses
eran tal minoría que la legion fue renombrado como «3er Regimiento
de Extranjeros». En 1813 todavía servían en este regimiento
65 irlandeses, 141 alemanes, 141 húngaros, 57 franceses, 52 austriacos,
42 prusianos, 35 checos, 29 silesianos, 15 rusos, y hasta algunos suecos,
españoles, portugueses y americanos.
Napoleón despreció a estos regimientos y legiones. Se
les consideraba poco fiables y habitualmente fueron utilizados para las
peores tareas, como en Nápoles y Haití, donde hacía
un clima mortal, o como en España, donde se luchaba frente a una
guerrilla embrutecida. Tampoco los muy fieles polacos eran ninguna excepción.
Con la esperanza de una patria libre habían luchado valientemente
bajo Napoleón contra austríacos, prusianos y rusos. Pero
cuando Napoleón hizó de nuevo la paz en 1805, la «legión
polaca» fue relegada a Haití -bajo grandes protestas- para
luchar contra los esclavos rebeldes. La mayoría de ellos murió
allí, entre fiebres poco heróicas.
Los extranjeros fueron para Napoleón nada más que carne
de cañón barata, con cuyos costes podía economizar
a sus tropas francesas. Metternich, el canciller de Austria, relató
que Napoleón le dijo una vez: «Los franceses no pueden quejarse
de mi: para protegerlos, sacrificó a los alemanes y polacos. Durante
la campaña hacia Moscú perdió 300.000 hombres, entre
los que no había más que 30.000 franceses».
© buscafortunas.com
|